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El Salvador Ragnarok

La cultura de la corrupción ha evitado que los recursos destinados a la inclusión social y económica de grandes sectores fructifiquen.
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Licenciado en Economía y Negocios y miembro de XpressateAsgard ha muerto. Su destrucción fue necesaria para detener a Hela, diosa de la muerte, y sus intenciones de acabar con ese pueblo. Esto es parte de la historia cíclica de la mitología nórdica, en la que el Ragnarok vendrá para terminar con la civilización y darle paso a un nuevo mundo. Si bien es todo ficción y leyendas, El Salvador puede aprender mucho de la última aventura cinematográfica de Thor.

Así como Hela fue una parte importante de la historia de Asgard, así la muerte ha sido protagonista de varios períodos de nuestra historia nacional. Desde su culto prehispánico, hasta el poder otorgado al asesino, pareciera que “matar al otro” se convirtió en solución para los conflictos que nos han dividido. En ese pasado debemos identificar la estructura sobre la cual la muerte, violenta en este caso, reina como diosa soberana del destino de miles de salvadoreños.

Uno de los pilares de la cultura de la muerte son los patrones de exclusiones y vulneraciones que hemos vivido todos, y que llegan a tal intensidad que la existencia del “otro”, al que le va bien y que es menos excluido, nos parece inaceptable e indeseable. Tanto los himnos de los partidos políticos, como las acciones de diferentes grupos a lo largo de la sociedad confirman esta visión de muerte al que es diferente o al que no se somete a las reglas que nos aprisionan a nosotros.

El segundo pilar a desafiar es el círculo de venganza, producto de la falta de confianza en las instituciones y en los procesos destinados a resolver con justicia los conflictos sociales. El “ojo por ojo” se vuelve ley en una sociedad en la que no se encuentra justicia ni se llega a conocer la verdad sobre los horrendos y violentos tributos a la diosa de la muerte. La situación se agrava cuando los sectores más civilizados de la sociedad incorporan en su set de soluciones a la violencia a la pena de muerte, sin acompañarla por propuestas constructivas que nos permitan reparar el tejido social dañado por esta cadena interminable de venganzas.

Por último, la muerte se alimenta de una llama eterna e inagotable, que nos acompaña desde las etapas más tempranas de la formación de nuestra República: La corrupción. La cultura de la corrupción ha evitado que los recursos destinados a la inclusión social y económica de grandes sectores fructifiquen. Sus prácticas han impedido que la justicia se imparta de forma pronta y cumplida, y con ello se ha reducido la confianza y el uso que harán los ciudadanos de las instituciones que deberían estar a su servicio.

Asgard ha muerto y en El Salvador debemos destruir las pilares sobre los cuales reside el poder de la muerte: las estructuras de exclusión, el círculo de venganza y la corrupción. Necesitamos políticas públicas y acciones sociales, destinadas a reducir la exclusión, a brindar garantías como educación, salud y oportunidades a todos los sectores de la sociedad y a generar un empoderamiento económico de los individuos. Necesitamos educarnos sobre el diálogo como alternativa a la resolución de conflictos, y sobre nuestro valioso papel en la lucha contra la corrupción. Necesitamos lo más pronto posible que despertemos y nos activemos para evitar que nuestra gente siga sirviendo de tributo a la diosa de la muerte.

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