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El Salvador asediado

En 700 a. C. Israel vivía un período de relativa prosperidad; sin embargo, existía la amenaza de dos enemigos. Uno interno, que tenía que ver con la disolución moral producto de ese mismo bienestar, lo cual propició la queja del Señor: “Este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí” (Is. 29.13). El enemigo externo, por su parte, era el creciente poder que Asiria tomaba al norte, lo cual amenazaba con someter los pueblos a su alrededor.
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El dilema de Israel era si debía aliarse con Asiria al norte o con Egipto al sur. El profeta Isaías, cuyo nombre significa Jehová salva, les advierte de no buscar alianzas humanas, y propone como solución cambiar de comportamiento y volverse de corazón a Dios.

Por su parte, Dios les reclama su mal comportamiento estableciendo un paralelismo: La viña fue plantada y cuidada para dar uvas dulces; sin embargo, están saliendo uvas agrias. El cuestionamiento es preciso, Israel debía modificar una serie de malas prácticas para mantenerse bajo su protección y bendición.

Lo reclamado por Dios tiene mucha similitud con lo que vivimos hoy día: egoísmo y soberbia, vicios, tergiversación de la verdad, corrupción, desprecio e indiferencia por la ley y La Palabra de Dios: “Ay de los que juntan casa a casa, y añaden heredad a heredad hasta ocuparlo todo, ¿habitaréis vosotros solos en medio de la tierra? De los que se levantan de mañana para seguir la embriaguez; que se están hasta la noche, hasta que el vino los enciende, de los que en sus banquetes hay arpas, tamboriles, flautas y vino, y no miran la obra de Jehová, ni consideran la obra de sus manos, de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo, de los que se creen sabios en sus propios ojos, de los que justifican al impío mediante cohecho, y al justo quitan su derecho, de los que desecharon la ley de Jehová de los ejércitos, y abominaron la palabra del Santo de Israel” (Is. 5 v 8-24).

Necesitamos nuevas bases para reconstruir nuestro país, dejando atrás estas y otras malas prácticas. Es urgente un cambio de dirección, no vaya a ser que El Señor decida quitarnos sus cuidados, tal cual sucedió a Israel en esos días: “Juzgad ahora entre mi viña y yo. ¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres? Os mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi viña: Le quitaré su vallado, y será consumida; aportillaré su cerca, y será hollada. Haré que quede desierta; no será podada ni cavada, y crecerán el cardo y los espinos; y aun a las nubes mandaré que no derramen lluvia sobre ella” (Is. 5.3-6).

El cambio de dirección que necesitamos no será posible, ni mucho menos sostenible, si nos volvemos al Señor religiosamente, es decir del diente al labio, sino de todo nuestro corazón, haciendo de su palabra el parámetro de nuestras decisiones personales, sociales, económicas y políticas.

Hay que dejar de pensar que nuestra salvación se encuentra al norte o al sur, y comenzar a reconstruir El Salvador poniendo a la base los principios de la Palabra de Dios, este camino es certero, y nos permitirá salir del asedio en que nos encontramos, ¡desde ya hace varios años!
 

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