El Salvador es un país con futuro abierto, siempre que nos animemos a construirlo

El Salvador de nuestros días es un espacio humano sin fronteras, y el vínculo renovado de los emigrantes lo comprueba. Ahora somos nación global, después de ser cubículo marginal.
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Si hacemos un recorrido así sea somero por las distintas etapas de nuestro devenir histórico lo que encontramos, de primera mano, es la impresión de que los salvadoreños nunca hemos sabido organizar nuestra vida en común, a partir del hecho cierto de que el poder establecido se vino apoderando de todos los resortes del quehacer nacional. Por fortuna, como lo hemos expresado según nuestra firme convicción, aquel distorsionado estado de cosas hizo crisis por su propia cuenta, dejándole paso a la instalación de la democracia, por tanto tiempo diferida. Ocurrió aquí como en la Unión Soviética: la perversión básica del sistema detonó la transformación del sistema. En El Salvador el cambio dio comienzo en 1979; en la Unión Soviética, en 1989. Mundos opuestos, realidades comparables, con las grandes relatividades del caso.

A lo largo del tiempo, nuestro país ha sido una muestra patente y patética de desinstitucionalización persistente. Pero al tomar posición en el ambiente la democratización inevitable, la institucionalización necesaria levantó cabeza. Si algo podemos seguir a lo largo de todos estos años de posguerra como una realidad en crecimiento es la revitalización creciente del aparato institucional. Las instituciones se hacen cada vez más visibles, sobre todo aquellas que más inciden en el destino nacional en marcha, que son las instituciones políticas, tanto las partidarias como las gubernamentales.

El futuro no está prescrito ni preescrito para nadie, se trate de individuos o de sociedades. El futuro hay que ir moldeándolo y esculpiéndolo día tras día, sin perder el ritmo para no desactivar el avance. Esto nos deja en claro que el futuro es tarea de presente, y funcionar a partir de dicha consideración de base permite establecer proyecciones de largo alcance. De ahí que lo que se hace y lo que se deja de hacer tengan tanta incidencia en el hoy y en el mañana. Tenerlo en cuenta constituye la medida de lo que se puede alcanzar en el curso del tiempo. Y no tenerlo en cuenta, como ha sido lo usual en nuestro ambiente, equivale a vivir en el despiste perpetuo.

Todos deberíamos tener bien claro que el futuro es expresión de nuestro propio ser en dinamismo constante. El futuro se hace con la suma de todos los destinos, tanto individuales como colectivos. Y, si bien se analizan y contabilizan las cosas, cuando se habla del futuro nacional se hace referencia a lo que le suceda en todo sentido al conjunto integrado de los que formamos parte de esta entidad histórica que se llama El Salvador. Con lo anterior queremos decir que el futuro se va edificando cada día, y más precisamente cada minuto, en la suerte que corren tanto las personas individualizadas, sea cual fuere su condición socioeconómica y su formación cultural, como los sujetos comunitarios y el ente nacional.

Lo primero es tomar conciencia de ello. El Salvador no es una imagen difusa, sino un conglomerado muy concreto, que tiene tantos nombres y apellidos como connacionales hay, dentro del territorio originario como fuera de él. Por eso es tan determinante que la vida sea lo más gratificante y promisoria para todos. Y por eso también es que las grandes fallas estructurales que venimos padeciendo nos han impedido ser nación en el pleno sentido del término.

La caudalosa emigración que se desató a partir del conflicto bélico interno y sobre todo después de él no debe ser vista como un factor divisivo sino como lo contrario: un factor de integración en consonancia con los nuevos tiempos. El Salvador de nuestros días es un espacio humano sin fronteras, y el vínculo renovado de los emigrantes lo comprueba. Ahora somos nación global, después de ser cubículo marginal. Qué extraordinario redimensionamiento.

Todo lo anterior indica que vamos transitando hacia un futuro sin precedentes. Falta, eso sí, que los distintos liderazgos internos lo visualicen en su real dimensión y contribuyan a desplegarlo en su real amplitud. Si esos liderazgos no entienden ni quieren entender tal expresión de futuro, se irán quedando cada vez más al margen, mientras el tren de la historia continúa airosamente su marcha hacia las campiñas y las urbanizaciones del horizonte.

Dispongámonos, pues, a ponerle la debida atención al tratamiento del futuro, que está aquí, incubándose ante nuestros ojos. El trabajo es cotidiano, y así hay que encararlo. Se hace futuro edificando presente. Se hace presente habilitando futuro. El tiempo es una cadena interminable, y cada eslabón determina la consistencia o la inconsistencia del hilo sucesivo. Somos lo que fuimos. Seremos lo que somos. Pero no hay fatalismo que valga: todo lo puede la voluntad bien vivida.

Tags:

  • democracia
  • sistema
  • futuro
  • migracion

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