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El Salvador merece revivir en pleno, y eso significa recuperar la fuerza del pasado, movilizar el presente y abrirle todos los espacios al futuro

Los sansalvadoreños emigramos de nuestra propia realidad, y la ciudad dejó de ser lo que era para irse convirtiendo en un fantasma de sí misma.

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David Escobar Galindo - Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Aunque el pasado, el presente y el futuro parecen tener la misma identidad básica, cada momento lleva consigo sus propias características, e irlas identificando en el curso del tiempo provee pistas cotidianas para figurarnos, identificar y entender en qué sitio  estamos y hacia dónde nos dirigimos. Los que tenemos memorias de las últimas décadas podemos sentirnos privilegiados por haber recorrido una etapa de la vida nacional en la que se han producido y se siguen produciendo cambios que hasta hace poco hubieran sido inimaginables; y tomar conciencia de ello es a la vez un desafío y una aventura sin precedentes. Estamos en El Salvador, y las imágenes se nos agolpan al sólo pensarlo.

Recuerdo, como si estuviera transitándolos en este mismo instante, aquellos inconfundibles años 40, 50 y 60 del pasado siglo. Específicamente nuestra capital, San Salvador, era un centro vivo y sus alrededores iban en expansión. La ciudad crecía hacia arriba, del Hospital Rosales en dirección a El Salvador del Mundo, y ya se daba una expansión en ruta hacia la parte alta del volcán. Lugares emblemáticos como La Campana destacaban en el trayecto; pero era del Parque Cuscatlán hacia el centro donde estaba lo más representativo de la ciudad. Cada metro tenía lo propio simbolismo, y caminar por aquellas calles era como reencontrarse con la vida de la ciudad en su mejor expresión. ¡Qué suerte haber vivido entonces!

Lugares como el Hotel Nuevo Mundo, el Restaurante Lutecia y el Teatro Nacional, entre muchos otros, hicieron historia, y todos los que los conocimos en aquellos entonces imaginábamos que nunca iban a desaparecer. La ciudad era tranquila y vital, y se podía transitar por ella como por la propia casa. No había delincuencia circulante y lo más que se daba era el bullicio de las populosas cantinas y la efervescencia de los grandes almacenes. Allá al inicio de los años 70 del pasado siglo es esquema comenzó a colapsar porque venía el tiempo de la guerra, y un nuevo presente estaba emergiendo. Los sansalvadoreños emigramos de nuestra propia realidad, y la ciudad dejó de ser lo que era para irse convirtiendo en un fantasma de sí misma.

El conflicto bélico, al posesionarse de la realidad, creó un nuevo espacio que tampoco pudo imponerse, porque todo conflicto de esa naturaleza tiene como destino previsible terminar en victoria militar, lo cual no fue el caso. Desde el fin de la contienda bélica viene creciendo el imperativo de darle forma activa al presente en todas sus expresiones humanas y materiales, y esto implica la movilización generacional en pleno, incluyendo desde luego a los más jóvenes, que están cada vez en línea con la realidad. El Salvador de este momento tiene que reencontrarse con su verdadera historia y con su real destino, en interacción que no es dirigida por nadie sino que va recogiendo insumos desde todos los ángulos de la realidad.

Prácticamente nos hemos desenvuelto siempre en espacios muy estrechos, como efecto principal de la falta de expansión en el espacio y en el tiempo. Nuestra condición marginal viene estando sobre el terreno, hasta el punto de parecer una especie de fatalidad histórica sin alternativas. Pero las aperturas globalizadoras nos permiten hoy, con intensidad inesperada, circular por el mapa mundial con una vitalidad que nadie imaginó. Estamos inventando, pues, nuestro nuevo mundo, que nos posibilita compartir el pasado, el presente y el futuro, todos juntos en un mismo escenario sin límites. Y esta no es una mera opción imaginativa, sino una oferta intemporal que se moviliza en el tiempo. Y así podemos decir, con todo derecho, que somos seres de convivencia en todos los sentidos de la palabra.

Lo más importante es que salgamos de una vez por todas del marasmo de la irrelevancia, que nos ha hecho desconectarnos de nuestras capacidades básicas, para permitirnos recuperar la vitalidad que nos proveyó de tantas energías en el pasado. Ahora, ese giro reanimador debe ser la clave del nuevo El Salvador, en el que no se desperdicie nada del pasado, del presente y del futuro, porque al fin de cuentas El Salvador es uno y todos los salvadoreños estamos aquí desde siempre y para siempre en función de nuestro destino. El sentimiento de pertenencia nos reúne día tras día, nos hallemos dentro o fuera de nuestras fronteras geográficas. Hay que tomar plena conciencia y pleno sentido de esta realidad, que nos une cada día con nuevos argumentos vitales. Allá, al fondo, el mágico sol de la tarde se hace presente, con distintos colores y brillos, para que no se nos olvide en ningún momento.

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