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El Salvador vale la pena

El 16 de enero de 1992, después de que nuestro país lloró a sus 75 mil hijos asesinados, fracciones de diferente ideología se daban la mano en el Castillo de Chapultepec, México.
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Ocurría el milagro, los grandes esfuerzos de negociación dieron su fruto; éramos ejemplo a escala mundial de una nación que dejando de lado resentimientos y luchas internas daba paso a la consolidación de la paz.

Fue un día maravilloso, todos celebrábamos porque tras 12 años de conflicto el sueño de nuestros anhelantes corazones salvadoreños se hacía realidad, cerrábamos este capítulo para escribir en las páginas de oro de nuestra historia un porvenir prometedor para todos. Un nuevo país era posible si cultivábamos y ayudábamos a que germinara la semilla de la paz.

Terminó esa guerra, pero todavía las calles se tiñen con sangre de nuestra sangre, la lucha de clases se mantiene, las ideologías nos dividen y en nuestro territorio el odio irracional corre libremente para robarnos la paz que tanto nos costó conquistar.

En algunas ocasiones los salvadoreños hemos sido comparados con cangrejos que permanecen en una cubeta destapada pero sin poder salir de ella, porque si uno de ellos quiere ascender, el resto se encarga de derribarlo y no pueden hacer nada para escapar.

Así como estos seres deberían ser capaces de cooperar mutuamente se vuelve indispensable trabajar juntos superando los desafíos que enfrentamos como nación, sirviendo a los demás y abriendo nuestra mente y corazón a la bondad, la comprensión, el respeto, la tolerancia y la solidaridad.

Es evidente que una sociedad se cimenta en la familia, pero al crear un ambiente de violencia intrafamiliar, utilizar la crítica destructiva con nuestros hijos y humillar a los más vulnerables del hogar, ¿qué tipo de patria estamos construyendo?

Por el contrario si nos comprometemos en educar niños felices, seguros de sí mismos, con un corazón abierto a la solidaridad y al amor a Dios, sembraremos lo que cosechamos: adultos que tienen en el centro de su corazón al Creador, personas responsables que ponen sus talentos al servicio de su país.

Este tipo de solidaridad enseñada a nuestros hijos se traduce en dejar el individualismo para entregarnos al servicio, mejorando las condiciones en que vivimos, permitiendo que todos nos desarrollemos encontrando puntos de entendimiento común, amando al prójimo como a nosotros mismos.

La solidaridad junto a la cultura y la educación son pilares de una sociedad sólida y progresiva, donde el ser humano puede desarrollarse para conquistar metas. Una sociedad con bajos niveles de cultura, con poca educación y dividida nunca podrá florecer, estará atrapada en un círculo vicioso donde predomina el subdesarrollo pensante.

Salir adelante es nuestro gran reto, especialmente porque nadie lo hará por nosotros, debemos escalar la montaña que simboliza los desafíos que tenemos como nación, apartando piedras de tropiezo, descansando, tomando aire, pero apoyados unos con otros, porque solo así desde la cima divisaremos el país que todos queremos.

Hace 25 años miles de salvadoreños fueron capaces de soñar con un país unido, no fue por casualidad que construyéramos la paz y alcanzáramos a ser admirados por el mundo, fue la mano de Dios y el deseo de los propios salvadoreños de superar sus diferencias.

Recordemos que emergimos de las cenizas de la guerra civil y nunca hemos sido doblegados ante desastres naturales alguno, porque en el alma del salvadoreño se conjuga magistralmente la esencia del soñar y luchador que se levanta una y otra vez ante cada adversidad.

Por ello nuevamente unámonos con una visión de nación, siendo protagonistas de nuestro propio destino, trabajando juntos por un El Salvador unido, renovado, construido a través del espíritu indomable de un pueblo fuerte como el roble y humilde ante Dios.
 

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