El Salvador y la Carta Democrática Interamericana

La unidad espiritual del continente americano tiene su base en el respeto a la personalidad cultural de sus miembros, demandando su estrecha cooperación, las altas finalidades de la cultura humana: es el ideal que dio vida a la OEA para lograr la estabilidad política del continente y, sus fines, se plasmaron en la Carta Democrática Interamericana. Sus principios se invocan hoy, en favor del pueblo venezolano pero El Salvador, a dicha invocación, ha dado una respuesta ambigua, en favor del chavismo y no de las libertades venezolanas y su Constitución: dicha respuesta es en razón de la situación interna que aquí se vive.
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Venezuela ha roto hoy los principios básicos que todo Estado democrático debe respetar: el equilibrio de poderes, basado en los mecanismos de su contraloría; los sistemas democráticos representativo y participativo, por la manipulación de la autonomía de los poderes del Estado; el desconocimiento de las decisiones del Congreso tomadas por mayoría y abstenerse de realizar el referéndum revocatorio, permitido en la Constitución. En total, ha establecido un Gobierno deslegitimado y no de pleno Derecho.

La posición ambigua de la Cancillería salvadoreña pretende favorecer, en Venezuela, la estabilidad del régimen del chavismo; se ve claro tal propósito, en las líneas políticas del FMLN hacia sus bases, explicando los sucesos venezolanos: “golpe de Estado del imperio yanqui”, “esfuerzos de la oligarquía para recuperar su poder”, “necesidad de detener una contrarrevolución en Venezuela” etcétera. Y sirve esto para justificación de sus acciones internas en El Salvador: denunciar que, desde la Sala de lo Constitucional, está planificándose un golpe de Estado, la desestabilización económica por causa de la ANEP y que la manipulación política procede de la oligarquía.

Todos, argumentos para ocultar inapropiados manejos del ejercicio del poder: presentar a la nación informes falsos sobre la economía nacional (lo que ha provocado en Brasil la destitución de Dilma Rousseff), la alta corrupción gubernamental (por lo que perdió las elecciones Cristina Fernández de Kirchner), el intento de manipulación de los medios de comunicación (señalamientos que se le hicieron también a Rafael Correa), las presiones ejercidas contra los sindicatos para forzar a la política gubernamental (comparable con las acciones ejercidas contra el indigenismo por Evo Morales) y, lo más preocupante, es el pacto secreto del gobierno de Funes y del actual con el crimen organizado, para el establecimiento de un nuevo orden jurídico, que favoreciese a las pandillas.

Por todo lo anterior, además de la amenaza de establecer una conexión directa de corrupción de Petrobras con CEL, que involucre a los Gobiernos –pasado y presente–, le obliga a manipular la opinión pública interna y hoy, apegarse al bloque del Caribe, única estructura que sobrevive del ALBA, para fines geopolíticos. Los países eje de la economía latinoamericana (México, Argentina, Brasil y Chile) ven en la actual crisis venezolana un peligro desestabilizador de Latinoamérica.

Por el peso de su corrupción y de sus malos manejos, los países del Socialismo del Siglo XXI procuran mantenerse con el clientelismo político interno y la dependencia externa del ALBA. Por eso, nuestro Gobierno apoya hoy el chavismo; sin embargo, ya da indicios de usar la fuerza: contra los movimientos ciudadanos que han exigido la lucha contra la corrupción y una CICIES han opuesto grupos de fachada: los mismos que en su momento apedrearon a LA PRENSA GRÁFICA y realizaron desórdenes frente a la ANEP.

El presente Gobierno afirma su naturaleza antidemocrática y corrupta, al alinearse con los países del Socialismo del Siglo XXI y es proclive a crear un caos interno, que aún más perjudicaría al país.

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