El Salvador y la tierra prometida

Todos sabemos más o menos la historia de los israelitas esclavizados que huyeron de Egipto, en un viaje que normalmente no debería de durar más que unas pocas semanas y que sin embargo duró 40 años.
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De los que lograron llegar, la mayoría eran parte de una generación posterior a la que salió de Egipto; de hecho, de la generación inicial solo llegaron dos. Como se sabe, el retraso fue debido a su propia desobediencia (Éxodo, 13).

Según versiones encontradas, el pueblo de Israel, al momento de la salida de Egipto, con baja cultura, esclavizado, con la actitud equivocada y poco conocimiento de las leyes de Dios, fue cometiendo error tras error, y los 40 que arribaron a su destino eran ya personas diferentes, con una mejor actitud y muy creyentes en Dios.

Moisés imaginaba una tierra donde no encontraría idólatras (Éxodo, 33) y donde podrían vivir con abundancia. Hoy, efectivamente, Israel es un oasis de prosperidad en medio de la aridez, logrando que su tierra produzca tres cosechas al año y muchas otras cosas más.

¿Qué hubiera pensado Moisés si le contaran de El Salvador? Nuestra tierra, con una dimensión geográfica similar a la de Israel, y con 25 volcanes, 10 lagunas, con ciudades construidas entre valles y montañas, tierra verde y fértil para el cultivo, llena de componentes orgánicos y ceniza volcánica, ríos por todos lados, con seis meses de lluvia tropical al año, con un lago en la ciudad (Ilopango) de 71 km² que se renueva constantemente, además de Coatepeque, Güija y Olomega, que son accesibles; con un río Lempa de 422 km de largo (el más largo de la región) y con 320 km de playas, algunas de ellas con arrecifes rocosos y fauna marina diversa; con 4 de las 7 especies de tortugas marinas del planeta, y con una bahía de Jiquilisco de 55 km de longitud, 27 islas y más de 164 especies de aves: un verdadero paraíso para el surfing... etcétera.

Cualquiera, escuchando esta descripción de nuestro país, creería que es la tierra prometida. Y probablemente lo sea, pero al igual que los que huyeron de Egipto y tardaron más de 40 años en encontrarla, en nuestra patria estamos viviendo el caos previo al descubrimiento de nuestro potencial. Sin ninguna dirección, como la generación de israelitas que abandonó Egipto, seguimos dando vueltas repetidamente de izquierda a derecha.

Sin embargo, a diferencia del pueblo de Israel que fue purificándose año con año, aquí vamos en retroceso. Lo que está demostrado que no funciona es lo que se acepta; los índices de corrupción, en vez de ir bajando, están subiendo; los corruptos, en lugar de ser juzgados, terminan siendo protegidos.

Además de ser el país más violento del mundo, insistimos en fomentarnos el odio unos con otros. Ahora resulta que no solo hay deserción de alumnos en las escuelas, sino también de maestros, ya que son intimidados por sus propios alumnos.

Pertenecer a las maras ya es una opción profesional y familiar. Las leyes favorecen la desintegración familiar y la falta de valores.

¿Cuánto tiempo tomará para que entendamos que no hay mejor lugar para vivir que El Salvador? ¿Qué debe suceder para que nos podamos poner de acuerdo y llevar la política correcta, en la dirección adecuada? ¿Cuántos años o generaciones tienen que pasar? ¿Hasta cuándo aceptaremos recomendaciones y sin hacer caprichos?

Entendamos que cada vez que retrocedemos, nos atrasamos 10 años o más en retomar el camino correcto. El camino a descubrir que la Tierra Prometida ha estado siempre bajo nuestras narices.

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