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El Titanic presidencial

En estos bien informados tiempos, no es fácil que los diques protectores de la corrupción resistan la presión de la verdad.
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Este es un artículo/ejercicio de imaginación informada. Como dicen por ahí, “cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad”.

Su título no se refiere al Titanic actual, sino al anterior: al prepotente, al arrogante, al altanero. Al que por conveniencia quiso dividir el barco entre pasajeros ricos y tripulantes pobres, al de las chimeneas vomitando diariamente odio y resentimiento, a ese que solía preguntar “espejito, espejito”... más preocupado por su popularidad y sus placeres que por gobernar. Se refiere a ese Titanic que, como era de esperar, se fue a colisionar con el Iceberg de la Verdad, a ese que ahora se hunde más cada vez que le sale un verbo de su boca viperina, a ese Titanic Presidencial que nos dejó funestos recuerdos.

Durante el ejercicio de sus funciones náuticas, un periódico digital reveló cómo algunos de sus íntimos amigos ganaron millones en gastos de publicidad y seguridad privada. En publicidad, dos hechos empezarán a dejar las aguas más claras: el arresto de uno de sus amigos en un país suramericano y el posible acceso público a los gastos presidenciales en publicidad. En seguridad, tarde o temprano se sabrá cómo se hicieron las contrataciones exclusivas de la empresa propiedad de su íntimo amigo. A ello también ayudará el examen de las declaraciones de patrimonio de este último cuando fue funcionario. Como tarde o temprano se sabrá algo de la posible “trama brasilera” en importantes obras de infraestructura hidroeléctrica. En estos bien informados tiempos, no es fácil que los diques protectores de la corrupción resistan la presión de la verdad.

Ese mismo periódico digital reveló cómo una íntima pasajera del Titanic Presidencial se hizo de una lujosa residencia, y navegó con pasaporte oficial. También dicho periódico dio a conocer la lujosa y recién construida residencia donde pasaría, él o su familia, su retiro presidencial... “alquilándosela”, por supuesto a un módico precio, a su amigo íntimo.

Pero el Titanic se avecinaba al Iceberg de la Verdad, o más bien este a él. Las frías y formales declaraciones de Patrimonio dejaron de serlo, y recobraron el calor y sentido que debían tener. Con ello pasó lo que tenía que pasar: no se pudo explicar cómo un “Cayuco” de repente se convirtió en Transatlántico de lujo. Y ahora, como debía ser, se encuentra en medio del oleaje de la justicia.

En ese turbulento mar se encontraba cuando aparece la punta de otro iceberg: las pornofiestas que se amenizaban en uno de sus camerinos. La pequeña y visible parte de una turbia y oscura tregua. ¿Será posible que el timonel del Titanic, el director de la orquesta, fuera ajeno a lo que ahí sucedió y a toda la partitura de la tregua?

Mientras ese Titanic Presidencial se hundía en sus declaraciones patrimoniales, en sus posibles licitaciones amañadas, en el juego del “espejito, espejito” de la tregua, su fractura hizo aparecer un depósito de armas. ¿De dónde salieron los miles de dólares para su compra? ¿Cuál es la fortuna de una persona que puede darse el lujo de invertir más de $200 mil en armas? ¿De dónde provienen estas? ¿Qué locura lleva a alguien a poseer tal cantidad de armamento? Si el argumento de su posesión es su protección personal, sin duda habrá que tener demasiados enemigos para temer tanto. ¿Habrá hecho tantas cosas malas para semejar el Titanic a un barco de guerra?

Se entiende bien que sus cómplices traten de ir a su rescate. También pueden hundirse con él. Pero no se entiende bien a los que no teniendo vela en el entierro también lo hagan. ¿Quizá temen a los precedentes que puedan quedar establecidos? ¿Les preocupa que se revele cómo se utilizaron discrecionalmente los fondos presidenciales reservados? ¿Les aflige que el conocimiento público de las rutas de navegación de este Titanic lleve a desvelar hechos que serían políticamente difíciles de manejar?

Quedo en espera de las bocanadas de insultos y difamaciones que me dirigirá desde su deteriorada chimenea, como de la de sus cómplices y troles a su servicio. No me quedará más que agradecer tanta atención prestada.

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