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El aborto desde el punto de vista escritural

Como cristianos, debemos adoptar una posición al respecto, no porque sea necesario oponernos al establecimiento de una ley de este tipo, pues sabemos que las leyes no están confeccionadas por hombres espirituales, y rara vez atienden a lo que dice la Palabra de Dios sobre ellas. Si la ley de Dios se opone, eso es suficiente para nosotros.
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Los abortistas se apoyan en el “hecho” para ellos obvio, de que eso que está en el útero materno no es efectivamente un ser humano, sino una mezcla de células que llegará a su condición de pleno ser en un tiempo futuro.

Dice un autor: “¿En qué momento, en qué minuto puede uno considerar que una vida no tiene ningún significado y al minuto siguiente pensar que esta misma vida ya es algo precioso?”

Dice la Biblia que este nuevo ser es creado a imagen y semejanza de Dios, como remarcando la intención santa y sublime que Dios tiene con cada criatura humana, por sobre otra criatura. Todo fue creado por la palabra de su poder, pero del ser humano dice que él lo formó, especialmente, y sopló en su nariz el aliento de vida.

¿Quién consideraría lícito matar a un niño inmediatamente después de nacer, aun invocando razones sumamente entendibles? ¿Por qué, entonces, matarlo antes de que nazca? Algunos podrán invocar razones de humanidad, para los casos de bebés con malformaciones, enfermedades o discapacidades de cualquier tipo. Así, ¿puede un ser humano decidir sobre la vida de otro que singularmente es una criatura de Dios, pensada, formada, creada y sustentada por Él? ¿No es, acaso, negar la eficacia de la soberanía divina sobre el tal ser, sobre su entorno familiar o sobre las circunstancias que los rodean?

El aborto es, desde el punto de vista escritural, la muerte de un ser humano como cualquier otro, aunque aún no ha llegado a desarrollarse en toda su potencialidad. Desde el primer instante de gestación, el Señor ha impreso en su código genético toda la información referente a sus características humanas que lo acompañarán por el resto de su vida: talla, color de ojos, contextura física, pero también sus rasgos de carácter, inclinaciones, personalidad, etcétera.

Como criatura de Dios que es, única e irrepetible, merece la vida, que en todo caso no es nuestra, sino de aquel que se la dio. Matarlo es cometer un grave pecado, el cual estaba contemplado aun antes de que la ley se formalizara a través de los diez mandamientos. A través de estas leyes y pactos de Dios con el hombre, lo que el Señor enfatizaba era el carácter santo de la vida humana, que le pertenece doblemente, por creación y por redención.

Como cristianos, debemos rechazar al aborto como opción, y ni siquiera como opción extrema, exceptuando el caso terapéutico de muerte del feto o de peligro de vida para la madre, el cual es ya casi nulo debido a los avances científicos modernos.

Un punto aparte merecen las consecuencias indeseadas de un aborto, que rara vez se explican a quien ha tomado una determinación en este sentido. Más allá de las posibles consecuencias físicas y médicas, que pueden llevar a la esterilidad permanente o a la muerte, más abundantes y factibles de aparecer son las secuelas emocionales, a veces transitorias, las más, permanentes. La naturaleza triple del ser humano hace que este sea mucho más que solo un cuerpo, que puede no recibir el impacto de un hecho tan grave. El alma y el espíritu humano pueden ser atormentados por serias derivaciones: la ley moral escrita en nuestros corazones por el Creador, más tarde o más temprano, dará cuenta del pecado cometido.

Tags:

  • aborto
  • escrituras
  • pecado

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