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El alumnado, nueva víctima del apetito propagandístico

Cada vez es más evidente que Bukele no era el hombre para el puesto, que el traje de presidente democrático, respetuoso del estado de derecho y constructor de consensos le quedó enorme, que la agenda de los grupos y facciones económicos que mueven sus hilos no es conveniente para el país. Después de un mes desastroso para su imagen e intereses que incluyó la vinculación de personal de seguridad del MINSAL con dos asesinatos, un Waterloo diplomático en Washington, la exposición al ridículo de su embajadora en Estados Unidos, mensajes desde la diplomacia sobre la inclusión de algunos de sus ministros en la lista de corruptos centroamericanos y la confirmación de que durante la pandemia su gabinete violó la ley a costa del erario, Bukele teme que la victoria que pronostica desde hace meses no sea avasallante.

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El gobierno de Bukele se supera a sí mismo: ayer, con la complicidad por omisión de la ministra de Educación, se ha instrumentalizado a decenas de niñas y niños a efectos propagandísticos en la recta final de la campaña para elegir alcaldes y diputados. En cualquiera de esos casos en que los estudiantes posan con computadoras con el logo de la administración, en posteos en redes sociales que van calzados con mensajes en clave electoral, los padres de familia, representantes o responsables de los alumnos pueden alegar que se violó el artículo 46 de la Ley de Protección Integral de la Niñez y Adolescencia.

Pero no importa, lo que anima al gobierno de GANA es convertirlo todo en propaganda, combustible para la máquina de inducir el voto prevaleciéndose de la administración pública. Por eso la temeridad e inconveniencia de divulgar imágenes de la ministra de Educación posando con miembros de la Fuerza Armada no importan, por eso al presidente ya no le preocupa el qué dirán al combinar en su narrativa a los voceros tradicionales del régimen, léase sus ministros, con lobistas políticos de ascendencia saquista. En la recta final de la campaña, pese a que han intentado convencer a la población que su triunfo será aplastante e inminente, los estrategas del oficialismo lucen desesperados y se atropellan en la comunicación.

Que el presidente sea el primero en exhibir esa desazón es patético. Cada vez es más evidente que Bukele no era el hombre para el puesto, que el traje de presidente democrático, respetuoso del Estado de derecho y constructor de consensos le quedó enorme, que la agenda de los grupos y facciones económicos que mueven sus hilos no es conveniente para el país.

Después de un mes desastroso para su imagen e intereses que incluyó la vinculación de personal de seguridad del MINSAL con dos asesinatos, un Waterloo diplomático en Washington, la exposición al ridículo de su embajadora en Estados Unidos, mensajes desde la diplomacia sobre la inclusión de algunos de sus ministros en la lista de corruptos centroamericanos y la confirmación de que durante la pandemia su gabinete violó la ley a costa del erario, Bukele teme que la victoria que pronostica desde hace meses no sea avasallante.

Es la única explicación a la abusiva comunicación gubernamental de esta semana, que podría incluir la inauguración del inconcluso hospital con que también se hizo el ridículo internacional, un signo de megalomanía, medias verdades, opacidad en el manejo de los fondos públicos y prepotencia diplomática, incluido un ofrecimiento dadivoso a un país vecino pese a que en ese momento no se tenía más capacidad para la población salvadoreña.

Aunque parezca mentira, no es que el gobierno de Bukele parezca una burbuja; es una burbuja publicitaria. Lo que se esconde detrás de este carísimo empaque de regalos, dádivas y asistencialismo de la peor ralea, todo eso pagado con fondos de un Estado que se endeudó velozmente por su culpa, es un producto pírrico, pretencioso, artificial.

Acaso en la nación hay ahora más ciudadanos conscientes acerca de a qué sabe Bukele. Por eso la propaganda que apabulla, los millones en anuncios, spots y fotos, la proliferación de voceros, canastas y computadoras, y una narrativa en la que se perdieron los últimos códigos. Si el producto no sirve, hay que apostar todo al envase.

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