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El ambiente está sobrecargado de incertidumbres y por eso el factor confianza es urgente

Desde luego, cuando las percepciones generalizadas apuntan hacia lo negativo, lo que se va creando es una atmósfera sobrecargada de nubarrones amenazantes.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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La vida, en cualquier tiempo y lugar, es siempre un ejercicio entre lo previsible y lo imprevisible, que se desenlaza constantemente según sea el tratamiento que cada quien les da de manera personal a esos factores contrastantes e inevitables. Esto significa que no hay suertes establecidas de antemano, sino realidades que se van desenvolviendo en el tiempo, según sea la voluntad respectiva. Desde luego, cuando las percepciones generalizadas apuntan hacia lo negativo, lo que se va creando es una atmósfera sobrecargada de nubarrones amenazantes; y eso es justamente lo que pasa hoy en el país. Deberíamos comenzar, entonces, por preguntarnos: ¿Hay posibilidades reales de transformar esta atmósfera tan deprimente con los recursos con que contamos? Y a mí no me cabe duda de que la respuesta tendría que ser en este tono: Posibilidades siempre hay; pero lo que hace que las posibilidades se activen son las voluntades dispuestas.

Y entonces surge al hilo otra pregunta que tenemos que enfrentar para definir nuestra condición vital: ¿Estamos los salvadoreños en plan de desplegar voluntades para hacer que nuestra realidad vaya dando los giros necesarios hacia un nuevo horizonte de constructividad sostenible? Y aquí la respuesta se abre de manera aleatoria: Depende... Y si es así, habría que indagar de inmediato de qué depende.

En primer lugar, de proponerse analizar la atmósfera nacional en forma sincera y desprejuiciada. ¿Cómo estamos los salvadoreños en este momento de nuestro devenir: peor que nunca, igual que antes o con perspectivas de avanzar? Yo, por mi propia vocación optimista, de la que no reniego ni renegaré nunca, me inclino por ver las perspectivas hacia adelante; pero también creo que es conveniente y útil prestarles atención a los que tienen opiniones diferentes, que pueden llegar a ser contrastantes al máximo. En las respuestas posibles influyen sin duda, condiciones anímicas que siempre hay que respetar.

Sin embargo, aquí no se trata de convencer a nadie con razones o con argumentos, porque cuando se trata de ir por esa vía lo que se promueve es la discusión que fácilmente se vuelve estéril y con frecuencia confrontativa. De lo que en realidad se trata es de crear condiciones objetivas para que la confianza pueda ir ganando terreno espontáneamente. En otras palabras: el objetivo debe ser convencer sin tratar de convencer, pero sí renovando la atmósfera con ingredientes depuradores y con influjos dinamizantes. El primero de tales ingredientes tiene que ser la confianza, y el primero de tales influjos tiene que ser el compromiso.

En el curso de la posguerra, que lleva ya recorrido más de un cuarto de siglo, los salvadoreños venimos realizando un aprendizaje del comportamiento democrático que presenta un abierto contraste con el comportamiento autoritario y con el comportamiento bélico. En el fondo de cada una de esas expresiones de comportamiento hay una matriz anímica claramente diferenciable: el autoritarismo se sostiene en la prepotencia y en la exclusión; la belicosidad se aferra al choque y a la destrucción; la democracia está fundamentada en la interacción y el respeto. Al hacer tales distinciones identificadoras se entiende de inmediato por qué los comportamientos autoritarios y belicosos se activan sin más y por qué el comportamiento democrático exige largo entrenamiento.

En nuestro caso nacional, tal entrenamiento progresivo, que claramente es parte de la naturaleza misma del proceso, se ha visto limitado en forma constante por la supervivencia de actitudes y de procederes contrarios al espíritu democrático. La resistencia tenaz a impulsar entendimientos hace sentir que estamos aún en un campo de batalla, como si persistiera la atmósfera bélica. Y al ser así, lo que prolifera es la desconfianza a todo nivel, con todo su bagaje de incertidumbres. Ahí estamos atrapados, y no son los problemas en sí los que general tal efecto sino el tratamiento erróneo y contraproducente de los mismos.

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