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El ambiente necesita una terapia inmediata de sensatez y de tolerancia bien entendidas

Basta un somero examen de lo que los salvadoreños tenemos que vivir en el día a día para llegar a la inmediata conclusión de que el ambiente nacional se halla seriamente desajustado. Es como un rompecabezas cuyas piezas fundamentales estuvieran mal ubicadas, y por consiguiente las figuras trazadas no se reconocen y las proporciones del conjunto carecen de armonía. Al tomar conciencia de tal situación y al asumir el reconocimiento correspondiente se puede comenzar la reorientación de las conductas nacionales hacia una normalidad de vida que permita encauzar todas las tareas institucionales y sociales en función de la estabilidad y del progreso.
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El ambiente necesita una terapia inmediata de sensatez y de tolerancia bien entendidas

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Nuestro proceso político viene desenvolviéndose como una alfombra de diseño original que no hemos sabido valorar en lo que representa. Los salvadoreños tenemos ahora muchas cosas en contra, pero en la base contamos con un recurso básico de valor extraordinario, que es nuestro proceso político, sostenido sin quiebres desde hace más de 30 años. Lo curioso y preocupante es que no valoremos este activo histórico y que sigamos como si estuviéramos en las mismas de antes. Hay que hacer todo lo necesario para ponernos de veras en el momento actual, y a partir de ahí hacer un ejercicio de renovaciones e innovaciones verdaderamente significativas.

Nuestro ejercicio político estuvo y sigue estando, en buena medida, regido por impulsos de insensatez, que responden a una práctica reiterada de servicio a intereses particulares y sectoriales que sólo miran a su propia satisfacción. Esto es lo que impide avanzar progresivamente hacia el nivel de civilización que las condiciones históricas nos posibilitan, dejándonos inermes frente a las adversidades de lo imprevisible. No podemos seguir así, y el cambio de dirección histórica se impone como una necesidad no sólo imperiosa sino ineludible.

Dicho cambio de dirección implica poner en acción permanente dos factores que sólo han estado presentes en momentos excepcionales de nuestro proceso nacional: la sensatez y la tolerancia. Y esto hay que hacerlo de manera inteligentemente dinámica, porque se trata de que el proceso avance en forma fluida, no de que a cada paso se vaya perdiendo tiempo en buscar explicaciones minuciosas.

La sensatez que se está necesitando es aquella que piensa y valora antes de actuar, pero que reconoce sin reservas el imperativo de poner la acción en la delantera. El comportamiento sensato no se amilana ante los problemas ni se arrebata en el tratamiento de los mismos. Juzga factores y ordena líneas de trabajo. La sensatez bien concebida y bien practicada es un constante despliegue de razones con vocación de acciones, que no salta encima de los obstáculos sino que los procesa como señales que siempre es preciso tener en cuenta para organizar el avance.

La tolerancia entendida como se debe es un mecanismo de autoliberación, porque va dejando de lado los prejuicios, las neurosis, las tirrias y los pasionismos para abrir los espacios de la realidad a todas las extensiones de lo posible. Para que haya verdadera y segura tolerancia es indispensable que la transparencia funcione a cabalidad y que el buen juicio administre la percepción de los hechos.

Tanto la sensatez como la tolerancia requieren, para ser efectivas en la práctica, que la voluntad de activarlas se vaya generalizando en la sociedad, y con tal propósito deben surgir líneas orientadoras de actuación desde la institucionalidad, que es la responsable directa de la normalidad del proceso. Y la responsabilidad principal al respecto recae en los liderazgos correspondientes.

La ventaja que ahora tenemos los salvadoreños consiste en que es la realidad misma la que nos va impulsando irresistiblemente –a punta de experiencias traumáticas e insoportables- hacía formas de vida más civilizadas y fructíferas.

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