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El anuncio gozoso de Jesús

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Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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"Tantas personas consagradas han sido perseguidas por haber denunciado actitudes de mundanidad: el mal espíritu prefiere una Iglesia sin riesgos y tibia", dijo el papa Francisco en una de sus homilías.

En los Hechos de los Apóstoles se nos narra que una esclava que practicaba la adivinación comienza a seguir a San Pablo y a Silas, gritando, los señala como siervos de Dios. Se trataba de una alabanza, pero San Pablo, sabiendo que esa mujer estaba poseída por un espíritu malo, un día la liberó de él.

San Pablo comprendió que aquel no era el camino de la conversión de la ciudad donde se encontraban, porque todo permanecía en una pasividad peculiar. No era la Iglesia de Cristo. Todos aceptaban la Doctrina. Pero no había conversiones.

San Pablo entendió el engaño y expulsó a aquel espíritu que, aun diciendo la verdad, es decir, que él y Silas eran hombres de Dios, era también un espíritu de tibieza, que hacía tibia a la Iglesia. A la vez que afirmó que en la Iglesia, cuando alguien denuncia los tantos modos de la mundanidad, se lo ve mal y es mejor que se aleje.

Allí mismo se narra que los patrones de la esclava se enojaron, porque habían perdido la esperanza de ganar dinero, puesto que ella ya no podía seguir adivinando.

Pero además del dinero, hay algo más: la alegría. San Pablo y Silas fueron llevados por los patrones de la esclava ante los magistrados que ordenaron que los apalearan y que después los pusieran en la cárcel. San Pablo y Silas cantaban.

De pronto, cerca de la medianoche, se produjo un temblor muy fuerte y se abrieron todas las puertas de la cárcel. El carcelero estaba a punto de quitarse la vida, porque lo habrían ejecutado si los prisioneros hubieran escapado.

Pero san Pablo lo exhortó a no matarse y le dijo: "Estamos todos aquí". Entonces el carcelero le pidió explicaciones y a continuación se convirtió. Les lavó las heridas, se hizo bautizar y estuvo lleno de alegría.

Este es el milagro que hace el Espíritu Santo. Vemos cómo el Señor con sus santos hace que la Iglesia vaya adelante.

Una Iglesia sin santos produciría desconfianza; una Iglesia que no arriesga produce desconfianza; una Iglesia que tiene miedo de anunciar a Jesucristo y de expulsar a los demonios, a los ídolos, al otro señor, que es el dinero, no es la Iglesia de Jesús.

Pidamos la gracia al Señor: la renovada juventud que nos da con Jesús, y pidamos la gracia de que Él conserve esta renovada juventud. La Iglesia de Filipos fue renovada y se convirtió en una Iglesia joven. Que todos nosotros tengamos esto: una renovada juventud, una conversión del modo de vivir tibio, al anuncio gozoso de Jesús.

Vamos a pedir a la Madre Dios y Madre Nuestra, que nos consiga de su Hijo la gracia de convertirnos. Para ello acudamos bien preparados al Sacramento de la Confesión: obtendremos el perdón de nuestros pecados y la alegría de estar junto al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo y a Santa María. Lo conseguiremos si acudimos a la oración con humildad y somos dóciles a los consejos que nos dan en la dirección espiritual.

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