El apóstol Santiago

El 25 de julio, la Iglesia Universal celebra la solemnidad de Santiago Apóstol y el papa emérito Benedicto XVI decía en cierta ocasión:
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El 25 de julio, la Iglesia Universal celebra la solemnidad de Santiago Apóstol y el papa emérito Benedicto XVI decía en cierta ocasión: “Las listas bíblicas de los Doce mencionan dos personas con este nombre: Santiago, el hijo de Zebedeo, y Santiago, el hijo de Alfeo, que por lo general se distinguen con los apelativos de Santiago el Mayor y Santiago el Menor. Ciertamente, estas designaciones no pretenden medir su santidad, sino solo constatar la diversa importancia que reciben en los escritos del Nuevo Testamento y, en particular, en el marco de la vida terrena de Jesús”.

Hoy dedicamos nuestra atención al primero de estos dos personajes homónimos: Santiago el Mayor. El nombre Santiago es la traducción de Iákobos, trasliteración griega del nombre del célebre patriarca Jacob.

El apóstol así llamado es hermano de Juan, y en las listas bíblicas ocupa el segundo lugar inmediatamente después de Pedro, como en el Evangelio según san Marcos, o el tercer lugar después de Pedro y Andrés en los Evangelios según san Mateo y san Lucas, mientras que en los Hechos de los Apóstoles es mencionado después de Pedro y Juan.

Este es Santiago el que junto con su hermano Juan fueron presentados a Jesús por su madre, quien le pidió al Señor que los sentara uno a su derecha y el otro a su izquierda cuando llegara a su reino. El señor les dijo, refiriéndose a los padecimientos que Él debía padecer: “Podréis beber el cáliz que yo he de beber”, y ellos, muy valientes, contestaron al unísono: “Posumus”, podemos.

Santiago pudo participar, juntamente con Pedro y Juan, en el momento de la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní y en el acontecimiento de la Transfiguración de Jesús. Se trata, por tanto, de situaciones muy diversas entre sí:

En un caso, Santiago, con los otros dos Apóstoles, experimenta la gloria del Señor, lo ve conversando con Moisés y Elías, y ve cómo se trasluce el esplendor divino en Jesús; en el otro, se encuentra ante el sufrimiento y la humillación, ve con sus propios ojos cómo el Hijo de Dios se humilla haciéndose obediente hasta la muerte.

Ciertamente, la segunda experiencia constituyó para él una ocasión de maduración en la fe, para corregir la interpretación unilateral, triunfalista, de la primera: tuvo que vislumbrar que el Mesías, esperado por el pueblo judío como un triunfador, en realidad no solo estaba rodeado de honor y de gloria, sino también de sufrimientos y debilidad. La gloria de Cristo se realiza precisamente en la cruz, participando en nuestros sufrimientos.

Esta maduración de la fe fue llevada a cabo en plenitud por el Espíritu Santo en Pentecostés, de forma que Santiago, cuando llegó el momento del testimonio supremo con su muerte, no se echó atrás:

Al inicio de los años 40 del siglo I, el rey Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, como nos informa san Lucas, “por aquel tiempo echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos e hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan”.

La concisión de la noticia, que no da ningún detalle narrativo, pone de manifiesto, por una parte, que para los cristianos era normal dar testimonio del Señor con la propia vida; y, por otra, que Santiago ocupaba una posición destacada en la Iglesia de Jerusalén, entre otras causas por el papel que había desempeñado durante la existencia terrena de Jesús.

Pidamos al Apóstol Santiago que nos consiga del Señor la audacia para decirle ese “posumus” cuando nos pida un sacrificio y la valentía para encarar los sufrimientos.
 

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