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El árbol feliz

El árbol que está casi enfrente de mi ventana vive todas las fases climáticas del año sin opción alternativa.
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 Cuando viene la época lluviosa, sus follajes reviven casi de inmediato, como si las fuerzas interiores lo tuvieran todo preparado para tal resurgimiento. Es evidente que el exceso de lluvia lo llega a poner en trance, pero también lo es que los primeros celajes del verano le inspiran ansias liberadoras. Cuando los cielos abandonan sus trapos húmedos y se visten de velos multicolores, el árbol acompaña la estación con embeleso radiante; y muy pronto se dedica a acompañar las danzas entusiastas de la brisa haciendo que sus hojas se preparen para el vuelo. Después el Sol parece malhumorarse y el aire semeja un horno encendido: entonces el árbol se concentra en el próximo retorno de las lluvias rehabilitantes. Todo, en definitiva, es un ciclo que no descansa, y el árbol ejerce como espontáneo profeta de ese ciclo. Está ahí, enfrente de mi ventana, haciéndomelo saber a diario. Quisiera preguntarle qué siente al respecto. Y si se lo preguntara él de seguro me respondería: “Soy feliz con sólo que te percates de que existo”.

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