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El auge delincuencial que padecemos está directamente conectado con la suerte que puedan correr los jóvenes en el ambiente

En ninguna época anterior de nuestro desenvolvimiento histórico se ha llegado a las condiciones casi caóticas que tiene que sobrellevar la población salvadoreña en estos días. Ni siquiera en tiempos de la preguerra y de la guerra que dominaron el escenario nacional durante los años 70 y 80 del pasado siglo se dio un trastorno de las proporciones deshumanizantes del que hoy se vive.

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David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

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Y es que entonces, aunque la violencia era extrema, había una conflictividad perfectamente identificable, que apuntaba a alguna forma de desenlace, porque se peleaba por mantener o por sustituir el sistema político imperante; y en cambio hoy lo que se mueve sobre el terreno es una especie de fantasma implacable, que busca el predominio del crimen sin ningún tipo de disimulo.

 

En tiempo del conflicto bélico lo que cada una de las partes pretendía como resultado era hacer valer su proyecto político en un marco de legalidad diseñada al gusto del vencedor; en el tiempo actual, lo que busca el crimen organizado es mantenerse al margen de la ley acumulando poder en los hechos y haciendo todo lo posible para que la legalidad quede a la defensiva en los hechos. Algunos hablan de guerra social, pero lo que en verdad existe es un embate criminal que se aprovecha a su beneficio de todos los desajustes y todas las insuficiencias del sistema imperante. Dentro de toda esa turbulencia incontrolada, que más parece un juego macabro, se encuentra la juventud de nuestros días, con mayores desafíos y más obstáculos que nunca para encarar su presente y su futuro.

 

El panorama, pues, está más cargado de amenazas, de peligros y de complicaciones que nunca, y para los que tienen que enfrentar los retos inherentes al inicio de una vida propia, las cosas se presentan aún más complejas. En el ambiente nacional las oportunidades de realización personal escasean, las tentaciones de emigración proliferan y los perversos cantos de sirena del crimen organizado se hacen sentir por todas partes. Cada día, los jóvenes y sobre todo los más jóvenes, están expuestos a todas esas realidades de alto riesgo, y no es casual entonces que la juventud del presente se sienta desprotegida en lo esencial, que es la construcción segura de una vida propia. Ante un presente tan angustioso y un futuro tan indefinible todas las rutas parecen nudos sin escapatoria.

 

En consecuencia, el reto para la institucionalidad y para la sociedad es la construcción conjunta de estrategias y de procedimientos que tengan por fin proporcionar a los jóvenes rutas de superación que sean a la vez accesibles y motivadoras para factibilizar proyectos de vida. Esto tiene que hacerse tomando debidamente en cuenta que cuando las condiciones son tan adversas, controlar las reacciones de los que quieren escapar de las mismas requiere mucha labor de convencimiento, que debe hacerse en forma sutil e imaginativa al mismo tiempo, sobre todo porque hasta hoy lo que se percibe popularmente es que el esquema económico no es generador de empleo atractivo y la ofensiva absorbente del crimen organizado es cada vez más invasora.

 

Lo más inquietante es que, pese a las circunstancias tan adversas, no se ven aparecer iniciativas que respondan a lo que en realidad se necesita. Para graficar tal necesidad se tendría que estructurar un proyecto de acción que podría llamarse, por ejemplo, Plan Integral de Promoción de Oportunidades, que sea suficientemente motivador para todos aquellos que están en fase existencial de sentar las bases de su propio futuro. Por otra parte, uno de los factores más determinantes en todo este campo es la lucha efectiva contra los avances estratégicos del crimen organizado. Si la economía se fortalece y el crimen se debilita se podría ir creando un dinamismo en que lo positivo se vaya sobreponiendo a lo negativo, que es lo que se requiere para reorientar la suerte del país y de su gente, en especial los jóvenes.

 

 

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