El aumento constante de las masacres indica que en el país la violencia homicida está cada vez más fuera de control

El Salvador es el país centroamericano con más homicidios, y las cifras nos colocan al respecto en la vanguardia mundial, lo cual debería ser un motivo de autoevaluación sincera y desapasionada, que pueda conducir hacia un tratamiento verdaderamente eficaz de toda esta problemática.
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Las masacres están a la orden del día, y la tendencia da todas las señales de ir en aumento. En 2915 hubo 106 homicidios múltiples, 61 más que los registrados en 2014, y la escalada no cesa. Esto tiene todos los signos de ser un fenómeno de seguro con diversos propósitos y motivaciones, como son las enconadas pugnas entre pandillas, los enfrentamientos constantes entre criminales y autoridades y el aún no confirmado pero muy posible accionar de grupos dedicados al exterminio de delincuentes. Cuando el crimen organizado toma las posiciones que ha venido consiguiendo en el ambiente a punta de intimidación y de crueldad indiscriminada cualquier cosa es posible esperar, y se trata por supuesto de una situación que como tal está fuera de control, aunque los agentes de la ley continúen haciendo esfuerzos para hacer valer su autoridad, seriamente comprometida por lo que se da en el día a día.

En términos generales, la violencia homicida ha tenido en 2015 una nota verdaderamente impactante: El Salvador es el país centroamericano con más homicidios, y las cifras nos colocan al respecto en la vanguardia mundial, lo cual debería ser un motivo de autoevaluación sincera y desapasionada, que pueda conducir hacia un tratamiento verdaderamente eficaz de toda esta problemática. En muchos lugares del país la delincuencia impone su voluntad de manera directa, sin que haya de parte de la institucionalidad responsable de preservar el imperio de la ley procedimientos que contrarresten tal proceder delincuencial. Es absolutamente comprensible, entonces, que la ciudadanía se encuentre acorralada e intimidada al máximo.

Esto último provoca un sentimiento de frustración ciudadana que puede tener consecuencias muy negativas para todo el quehacer nacional. Aunque técnicamente no se pueda decir que estamos en guerra, lo cierto es que en la cotidianidad así se siente, y con más fuerza aún porque en las actuales circunstancias es la desfachatez del crimen la que se hace valer sin otro objetivo. Aun en las cárceles, que son recintos presuntamente regidos por el orden institucional, se dan masacres entre pandilleros rivales, pertenezcan o no a la misma estructura delincuencial; y aunque pueda parecer inverosímil, las autoridades no parecen capaces de controlar el ingreso y la tenencia de objetos prohibidos ni de evitar las comunicaciones delictivas.

Los ataques contra las personas no tienen barreras de contención, y por eso hay que tomarle la palabra al Fiscal General de la República recién instalado cuando se comprometió, en su primera declaración pública, a luchar de frente contra los homicidios y las extorsiones, que son los principales flagelos criminales. Así como vamos la vida se deshumaniza cada vez más en el ambiente, haciendo que El Salvador se perciba como una tierra de nadie en la que la barbarie hace impunemente de las suyas.

2015 fue un año verdaderamente pavoroso en lo que a muertes violentas se refiere, y por lo que ha ocurrido en este campo durante los primeros días de 2016 no se ven señales de mejoría. El Gobierno está recibiendo el elocuente reclamo ciudadano por tal situación, y no es casual que el mismo Presidente de la República, en su primer Consejo de Ministros del año, haya anunciado cambios inminentes en su equipo de Seguridad. Pero en verdad el problema básico es de estrategia, y ahí hay que poner el énfasis de inmediato.

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