El avance en austeridad tiene que ser ordenado y consistente a fin de que se fortalezca la confianza y se potencie el progreso

En nuestro caso nacional, hemos llegado a la situación de angustia fiscal que ahora prevalece porque no se ha actuado con la debida responsabilidad en el manejo de las disponibilidades reales. Está ocurriendo lo previsible: sube el agua al cuello cuando no se controla el flujo del grifo.
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La práctica de la austeridad constituye uno de los elementos esenciales del buen gobierno, y no sólo en el plano estatal sino en todos los ámbitos de la vida, desde el personal hasta el nacional, pasando por las diversas áreas sociales. No en balde dice la sabiduría popular que el que mal se gobierna despacio padece; y de no corregir a tiempo las prácticas de desborde irresponsable llega siempre el momento en que aunque se vuelva atrás los efectos adversos ya son irreversibles. La clave está en medir constantemente lo que se tiene disponible y lo que se quiere hacer con ello, y eso exige planificación y ejecución bien articuladas y dosificadas, de tal manera que nunca se pierda la medida de lo que se puede hacer en estricto balance con lo que se debe hacer.

En nuestro caso nacional, hemos llegado a la situación de angustia fiscal que ahora prevalece porque no se ha actuado con la debida responsabilidad en el manejo de las disponibilidades reales. Está ocurriendo lo previsible: sube el agua al cuello cuando no se controla el flujo del grifo. Y entonces se hace inevitable entrar en fase de austeridad, no como un ejercicio de contenciones normales, que es lo natural, sino como una exigencia urgente para contrarrestar peligros de desastre que ya están en el terreno por haberse salido de los carriles de la buena práctica. Se trata, pues, no de hacer recortes con la misma irresponsabilidad que activó los excesos en el gasto, sino de asumir de manera consecuente la tarea de ir generando equilibrios que posibiliten la estabilidad.

Toda labor reajustadora constituye en este plano un desafío no sólo para la racionalidad sino también para la responsabilidad. Por ejemplo, en el caso específico de los subsidios que se han venido otorgando a ciertos servicios públicos, tiene que haber mucho cuidado para que la refocalización afecte lo menos posible a aquéllos que están en condiciones económicas más estrechas y vulnerables. Igual criterio habría que usar para los necesarios reajustes a los llamados “programas sociales”, que nacieron con propósitos evidentemente populistas y que hoy tienen en situación de ahogo generalizado a los proveedores por falta de disciplina cumplidora por parte del Estado. Este un caso típico de lo que pasa cuando se toman decisiones que implican responsabilidades permanentes con criterios de mera coyuntura interesada.

El Gobierno está anunciando un plan de austeridad para reducir de alguna manera las obligaciones que lo tienen atrapado en el día a día. Ya no es factible rascar de donde sea para allegarse fondos ni persistir en la manía del endeudamiento sin medir las consecuencias. Hoy, por fuerza y sin alternativas, hay que apretarse el cinturón y seguir haciéndolo ya como exigencia permanente para no recaer en los trastornos que dominan el presente. Y eso debe ser compromiso institucional generalizado que impulse una normalidad que también lo sea.

Si hay austeridad inteligente y programación eficaz del gasto y de las inversiones lo que se potencia en primer lugar es la confianza en que puede haber estabilidad de manera sostenida, sin la cual no es posible darle bases consistentes al progreso.

Los salvadoreños requerimos y merecemos una estabilidad de ese tipo y un progreso de esa calidad para que el país y su sociedad salgan adelante en todo sentido. Esto es función necesariamente exigida por la democratización en curso.

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  • austeridad
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