El azote delincuencial no cesa, y habría que empezar a ponerle paro de una manera efectiva y sostenible

Se está hablando de promover la reinserción de los antisociales, lo cual es una iniciativa válida, pero entretanto los que actúan impunemente en el terreno siguen haciendo de las suyas, con desfachatez cada vez mayor.
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A diario se producen diversas acciones criminales que mantienen en creciente agobio a la población y en vilo constante a la institucionalidad encargada de imponer la ley y de mantener el orden. Entre el viernes y el lunes recién pasados hubo 84 homicidios, como si lejos de estar en tiempo santo estuviéramos en época diabólica. Y el pasado lunes se produjo una masacre de nueve personas presumiblemente por ajuste de cuentas entre narcos. La estadística se reproduce día tras día, y no se ven señales de que esto vaya cediendo; por el contrario, el accionar delincuencial parece ir en auge, con alarmantes expresiones de desafío a la autoridad, como son los ataques contra miembros de la Policía y de la Fuerza Armada, así como contra puestos policiales.

Hace unos días se llevó a cabo una marcha ciudadana para pronunciarse por la vida, por la paz y por la justicia. Pasó la marcha que reunió a miles de salvadoreños vestidos de blanco queriendo hacerse oír, y ahora se esperan las respuestas institucionales a dicho clamor. Se está hablando de promover la reinserción de los antisociales, lo cual es una iniciativa válida, pero entretanto los que actúan impunemente en el terreno siguen haciendo de las suyas, con desfachatez cada vez mayor. Y de manera más difusa se hace referencia a la prevención, que tendría que merecer más empeño y más definición de proyectos pertinentes. Desafortunadamente, lo que menos se menciona es el imperativo de hacer brillar la vigencia de la ley, poniendo orden en el terreno.

La delincuencia ha alcanzado en el país rangos y niveles sin precedentes, y ya no es posible enfrentarla con estrategias meramente policiales. Lo que ahora se impone es la necesidad de estructurar un proyecto de lucha que no sólo sea abarcador de todos los factores, vectores y motores de dicha problemática sino que permita activar tratamientos que vayan al fondo de cada uno de los componentes del fenómeno, como son la lucha directa contra las conductas criminales de todo tipo, los mecanismos para desactivar las estructuras del crimen organizado y los estímulos para que el reclutamiento de nuevos criminales se les vuelva cada vez más difícil a los que operan fuera de la ley. Para lograr todo esto hay que unificar sectores y esfuerzos en una sola línea de trabajo.

No es casual que el representante residente del PNUD en El Salvador haya manifestado hace muy poco que el punto más importante para afianzar una estrategia antidelincuencial que realmente funcione sea la unidad de todos los sectores del país. En efecto, esto es así porque no estamos enfrentándonos a una delincuencia desorganizada y dispersa, sino a toda una estructura asentada en nuestro ambiente que tiene múltiples enganches internacionales. No verlo así, y en consecuencia no tratarlo así, constituye un despiste imperdonable.

Si estuviéramos viendo desde lejos lo que pasa en nuestro país en lo que a crimen y delincuencia se refiere de seguro saltarían a la vista todas las inverosimilitudes de lo que sucede. Pero como lo estamos viviendo y padeciendo aquí en lo inmediato del día a día, puede ser que muchas cosas se vayan sintiendo distorsionadamente naturales, que es lo peor que puede ocurrir. Encaremos la realidad tal como es, mientras haya opciones para hacerlo.

Hay que actuar de inmediato y con firmeza, tanto en la lucha directa y sin vacilaciones contra la criminalidad como en los mecanismos de prevención y de reinserción. Es difícil y habrá muchos obstáculos en el camino, pero no quedan alternativas disponibles.

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