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El balance partidario es una constante histórica en el país y debe servir como sostén principal del proceso democrático

los signos a la mano indican que el balance partidario continuará siendo la norma política que rige la estructura y el funcionamiento del sistema. Y esto en sí no implica división, sino que más bien es una invitación a la interacción.
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La más reciente encuesta de LPG Datos reitera una situación que viene manteniéndose como tal desde que la democracia se instaló más firmemente luego de que se alcanzara la solución política del conflicto bélico interno. De entonces hasta hoy y, según todas las señales disponibles, también de aquí en adelante, en el ámbito partidario se mantienen como fuerzas principales, muy distantes hacia arriba en dimensión respecto de todas las demás en juego, la fuerza de derecha, que es ARENA, y la fuerza de izquierda, que es el FMLN. Aunque en el camino vienen dándose muchos intentos por hacer crecer terceras fuerzas, tanto en la izquierda como en la derecha, lo que queda patente de manera reiterada es que ninguna ha logrado alzarse hasta niveles cercanos a los partidos principales, y el rol de dichas fuerzas menores viene quedando reducido a la aritmética legislativa, cuando el partido que circunstancialmente tiene la conducción necesita apoyos complementarios.

En El Salvador no existe un bipartidismo estricto, pero al haber un equilibrio de fuerzas permanente entre los dos partidos más potentes se dan condiciones para que pudiera ejercerse el bipartidismo en los hechos. Existen en el ambiente muchas reservas frente a lo que sería la práctica bipartidista, aunque vistas las cosas en forma desapasionada el hecho de que haya ese persistente balance de fuerzas puede tener diversas ventajas para la gobernabilidad, si es que se da la racionalidad responsable en el accionar de cada uno de los actores concernidos. Precisamente porque no se ha logrado establecer dicha conexión racional es que tenemos tantas contradicciones y malentendidos, que inciden muy negativamente en el desenvolvimiento del quehacer general en el país.

Tenemos que valorar en lo que representa el hecho de tener fuerzas políticas consolidadas en el tiempo, en contraste con otros países del entorno. Eso le da al sistema un principio de solidez que hay que preservar y asegurar. Resulta indispensable que tales fuerzas asuman, en todo momento, el compromiso de funcionar conforme a lo que la realidad les demanda en beneficio del bien común. Es normal que las diferencias estén ahí manifestándose siempre, sobre todo si se tiene en cuenta el respectivo origen ideológico; pero el hecho de haber tenido un despliegue cronológico paralelo, desde los inicios de la guerra hasta los días actuales, genera múltiples puntos de encuentro, que deben ser convertidos en decisiones concertadas hacia la búsqueda de respuestas serias y concretas a los problemas que nos aquejan.

Como decíamos, los signos a la mano indican que el balance partidario continuará siendo la norma política que rige la estructura y el funcionamiento del sistema. Y esto en sí no implica división, sino que más bien es una invitación a la interacción. El día en que las decisiones fundamentales de país puedan tomarse naturalmente con el concurso de los actores políticos principales, que han sido sistemáticamente endosados como tales por obra de la voluntad ciudadana, estaremos en terreno mucho más firme para impulsar todo lo que se necesita con miras a una estabilidad verdaderamente propicia para el progreso en todos los sentidos.

Aprovechemos, entonces, en las diversas posibilidades que ofrece, el escenario en que se mueve nuestro ejercicio democrático cotidiano. Que los partidos se hagan valer, sin reservas, como factores activos y confiables de modernización. Es lo que a todos nos conviene.

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