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El bolívar

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Roberto Rivera Campos / Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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¿Cómo detenemos esta hiperinflación? Se preguntaba el presidente recién juramentado. En lo fundamental, argumentaba el joven asesor, anclemos la moneda y paremos el financiamiento del Gobierno con dinero del Banco Central.

El año era 1985, el país, Bolivia, y el economista, Jeffrey Sachs. La hiperinflación en los últimos doce meses a agosto había llegado a 20,000 %, pero en los últimos meses, desde mayo, había saltado a 60,000 % en base anual. Con la ejecución de un programa de estabilización donde las medidas mencionadas eran su núcleo, rápidamente la inflación se frenó. Durante el siguiente año los precios solamente aumentaron 9 %.

Era común encontrar estos escenarios en los ochenta en América Latina: México, Perú, Argentina, Nicaragua, Bolivia, pero no en lo que va de este siglo. Sin embargo, cuando ocurre, su racionalidad sigue siendo básicamente la misma.

El País y el The Economist han publicado en estos días sendos comentarios sobre el descalabro del bolívar venezolano. Citando al Fondo Monetario Internacional, el periódico español refiere que el año pasado la inflación cerró en 2,400 % y se dirige a 13,000 % en el corriente año, acompañado de una caída de la producción de 15 %, para una caída acumulada en el lustro que termina este año de cerca del 50 %.

La revista inglesa indica que medido aproximadamente, de acuerdo con su índice Big Mac, el tipo de cambio a paridad de poder de compra, PPP, por sus siglas en inglés, que expresa el valor de cambio como aquel que deja los precios del consumidor constantes entre diferentes países, el bolívar perdió 99.9 % de su valor en los últimos dos años, al pasar de 27 bolívares por dólar hace dos años a 27,500 hoy.

¿Cómo se llega a esta situación? ¿Cuál es la dinámica de la hiperinflación? Acá aparece el conocido malo de la película: el excesivo déficit fiscal. La manera fácil de resolver el problema del déficit fiscal cuando los países tienen su propia moneda y los bancos centrales están subordinados al Ejecutivo es financiarlo con emisión monetaria. El resultado, como nos recuerda Milton Friedman que la inflación es en todo momento y lugar un fenómeno monetario, es el aumento de los precios. La persistencia de los excesivos gastos de los gobiernos lleva a más inflación, a escasez y a la formación de expectativas inflacionarias, que hace que todo el mundo espere más inflación y ajuste sus propios precios. El tipo de cambio siendo un precio más se hunde con similar ritmo. La inflación parece adquirir vida propia y los ahorros se esfuman. Esto ocurrió en Bolivia y está ocurriendo en Venezuela.

¿Puede Nicolás Maduro detener este descalabro monetario? ¿Puede aplicar un programa de estos? Parece imposible, pues tendría que tomar medidas opuestas al populismo. Requeriría apretarse el cinturón y anclar el tipo de cambio. En otras palabras se requeriría un Gobierno diferente.

El gran beneficio de la dolarización en nuestro país es que el déficit fiscal no se puede financiar con emisión monetaria. Cualquiera que esté en el Ejecutivo deberá conseguir mayoría calificada de la Asamblea Legislativa para financiarse. Tiene que negociar. Su mal desempeño financiero se va a reflejar en el crecimiento de la deuda y siempre podrá la oposición y la sociedad civil poner objeciones y límites a su carrera deficitaria.

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