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El brebaje peligrosamente alucinógeno del poder

En columnas anteriores nos hemos referido a la necesidad imperiosa de que todos los poderes y todos los poderosos ejerzan esa especie de terapia autoeducativa que se llama autocontrol.
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El brebaje peligrosamente alucinógeno del poder

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Se sabe, por experiencia reiteradamente conocida a lo largo del tiempo, en cualquier latitud y situación, que el poder es una especie de droga capaz de trastornar los mecanismos psíquicos, hasta el punto de volver desconocidos a aquéllos que la ingieren. Y esto no sólo se ve en los estratos más elevados, sino en cualquier espacio donde alguien se desempeñe con capacidad de estar por encima de los demás. Desde luego, en la política, que tiene tan relevante presencia en el diario vivir de cualquier sociedad, el fenómeno del poder adquiere notoriedad muy especial; y este hecho contribuye a que los efectos del brebaje se multipliquen de manera exponencial. En buena medida, la política es un esfuerzo constante por ganar voluntades y por estar siempre encima de ellas, y eso estimula al máximo la condición dominante del poder.

La democracia es, entre otras cosas, un manual de control de los apetitos recurrentes del poder. De ahí que resulte tan dificultoso y complejo instalar de manera definitiva y funcional la lógica democrática en cualquier ambiente. Es cierto que hay lugares en que, por diversas razones tanto anímicas como ambientales, la democracia parece haber arraigado con más facilidad y seguridad que en otros, pero en todas partes el esfuerzo por mantener a raya los impulsos absorbentes de la naturaleza humana tiene que ser constante. Las semillas sediciosas del ansia de poder andan buscando siempre terrenos fértiles, que nunca faltan en los distintos entornos humanos. Es natural, entonces, que en la medida que la democracia avanza, los obstáculos que el poder le pone en el camino se multipliquen y se sofistiquen.

Nuestro proceso democratizador viene haciendo camino desde hace ya más de tres decenios. En esa ruta, el poder ha tenido que ir cediendo espacios ocupados durante la larga era autoritaria, y casi nunca tal cesión ha sido natural y pacífica. En los tiempos más recientes, y a la luz de la alternancia en el ejercicio del poder político, éste ha demostrado que sus tendencias hegemónicas no son cosa de ideología, sino de actitud aprendida. El que asume la conducción superior quiere tener todos los hilos en la mano. La tentación hegemónica es, de seguro, la que más cuesta vencer. Lo hemos venido viendo en la cotidianidad de la vida política en el curso de los años. Y eso trae consigo, entre otras cosas, una tendencia patológica a la dramatización de todo lo que debería ser natural. El llamado “conflicto de poderes” es expresión viva de lo dicho.

En columnas anteriores nos hemos referido a la necesidad imperiosa de que todos los poderes y todos los poderosos ejerzan esa especie de terapia autoeducativa que se llama autocontrol. La ley les establece atribuciones y les señala límites a todos, pero lo que verdaderamente funciona en el día a día es el autocontrol aplicado al ejercicio de tales atribuciones. La ley es el marco; la función es la dinámica que ha de darse dentro del marco. Y, en este punto, todo hace ver que ninguno de los poderes establecidos se autocontrola debidamente a la hora de actuar y de interactuar: ni el Ejecutivo, ni el Legislativo, ni el Judicial, comprendiendo en este desde luego a la Sala de lo Constitucional. Se habla de que deben entenderse entre sí, como dice la Constitución; pero eso no se concreta porque lo que impera es el descontrol en vez del autocontrol.

El poder es alucinógeno por naturaleza. Ejercerlo, pues, requiere desarrollar y desplegar mecanismos de defensa, tanto personales como institucionales, para evitar que los influjos potencialmente perversos infiltren de manera incontrolada los diversos tejidos de la psique, algunos de ellos especialmente vulnerables, como son los que se relacionan con la vanidad, con el apetito de riqueza material y con el ansia de dominio sobre los demás. Esto puede manifestarse tanto en los individuos como en las organizaciones que éstos forman. Es de señalar que los efectos de la droga no operan del mismo modo para todos, porque las condiciones individuales y colectivas varían; pero, en todo caso, se requiere poner en práctica una disciplina suficientemente eficaz para contrarrestar las consecuencias que pudieran hacerse sentir.

La democratización ha venido avanzando en el país, como expresión elocuente de la vitalidad del proceso modernizador en el que estamos inmersos; y la mejor prueba de ello es que el poder está cada vez más incómodo, porque sus tradicionales mecanismos de autosuficiencia van dejando de tener campo libre y se hallan crecientemente limitados. Esto hay que ir institucionalizándolo de manera sistemática, para seguridad de la democracia y para beneficio de la salud institucional. Se trata de un desafío de carácter nacional, que requiere respuestas de la misma índole.

Tags:

  • democracia
  • poder
  • Sala de lo Constitucional
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