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El cambio esperado

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Rafael Ernesto Góchez / Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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Colaborador de LA PRENSA GRÁFICAGenerar confianza entre los salvadoreños es un requisito indispensable para sacar adelante al país. El reto es, entonces, estimular lo que une a los salvadoreños y desestimular lo que los divide. Una acción positiva –en el contexto electoral– es que medios, redes y organizaciones sociales generen un debate nacional e inviten a los aspirantes presidenciales de 2019 a que expliquen cómo y con qué recursos impedirán que miles de jóvenes vulnerables sean absorbidos por el crimen (extorsión, venta de drogas, prostitución, tráfico de personas, robo, contrabando y más).

Abordar semejante problema requiere de un cambio de enfoque y un método apropiado de trabajo. Por ejemplo, el enfoque “Acción sin Daño” (ASD) surgió entre la cooperación internacional hace unas décadas y se ha aplicado en varios países y comunidades que viven en condiciones críticas o peligrosas. ASD parte de la siguiente premisa: las organizaciones y proyectos, así como pueden contribuir a transformar positivamente situaciones de conflicto, mejorar las condiciones de vida de poblaciones vulnerables y ayudar a reducir desigualdades, también pueden generar daño, aumentando las tensiones, fragmentando aún más el tejido social o exacerbando las diferencias.

El cambio esperado es la efectiva aplicación de la ley y la implantación de políticas públicas que contribuyan a la cohesión social y la erradicación de la pobreza. En tal sentido, convendría analizar las acciones que organizaciones gubernamentales y ONG ejecutan –con apoyo externo– en determinadas localidades y la necesidad de mejorar sus resultados.

La idea-fuerza es apoyar las cosas que se están haciendo bien y las iniciativas que viabilicen la acción conjunta para solucionar problemas cotidianos. Consiguientemente y dada la pérdida estatal del control territorial, las organizaciones gubernamentales y ONG que impulsan proyectos sociales a nivel local deberían considerar los siguientes puntos.

Punto 1. Entender que las intervenciones que se hacen en localidades con altos índices de violencia no son neutrales. Se requiere, por lo tanto, que los proyectos conozcan la complejidad y diversidad de los problemas y actores en las comunidades donde operan.

Punto 2. Definir –con la población– las necesidades, prioridades y dinámicas sociales a intervenir y las metas a alcanzar. Este proceso requiere de métodos de investigación y comunicación social para actuar diligentemente en comunidades acorraladas por la fuerza pública y el crimen.

Punto 3. Aprovechar al máximo la cooperación internacional. Un elemento crucial es que las acciones realizadas sean parte de políticas públicas específicas, de tal manera que las iniciativas que sean apoyadas temporalmente por cooperantes externos tengan continuidad.

Punto 4. Aplicar principios éticos al trabajar con actores sociales. ASD, por ejemplo, promueve la dignidad, autonomía y libertad de los participantes. Este es un aspecto importante en las metodologías participativas, aunque para muchos el tiempo apremia y se saltan este paso.

Conclusión: la descomposición social es tan pronunciada en El Salvador que es imperativo trabajar en y con las poblaciones vulnerables que conviven con la violencia y el crimen. Consecuentemente y dado que para generar confianza entre los salvadoreños se requieren acciones positivas, el cambio esperado es que las políticas públicas se alineen hacia la cohesión social y el desarrollo local, y que ello se exprese presupuestariamente.

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