El camino

El pensamiento de izquierda debe reponerse del pobre servicio que le ha brindado el FMLN.
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Algunos votantes de izquierda aún suspiran por Mauricio Funes. Creyeron que cambiaría el país por arte de birlibirloque.

Entiendo la ansiedad, todos quisiéramos que con un chasquido de dedos atronador se pusiera un alto a la anarquía en que vivimos, a la incapacidad gubernamental, al cinismo político, a la inseguridad, a la codicia del mercado, a la polarización. Todos los salvadoreños necesitamos y reclamamos ser importantes al menos en El Salvador. Algunos creyeron que bastaría con dar aquel voto.

Pero a ese deber ser no se llegará por obra de una administración. Gozar de ese estadio no es una aspiración realista para la mitad de la población. Quizá nuestros hijos lo vean; usted y yo, no.

Ahora, que la sociedad cuscatleca suba una grada en justicia, igualdad y tolerancia, y que la persona ocupe el centro de la política es tarea de los que aquí estamos. Aprenderlo y aprehenderlo es nuestro deber con los que siguen.

Ese proceso, el de la humanización del Estado salvadoreño, hasta hoy metódico villano de nuestra historia, incluye tres pasos fundamentales: alternabilidad en el Ejecutivo para someter a examen el estado constitucional de derecho; naturalizar las relaciones entre Legislativo, Ejecutivo y Judicial; y atacar la naturaleza de los poderes fácticos estableciendo controles eficientes que protejan al ciudadano.

Ser de izquierda es no tener reservas sobre este último punto, y estar convencido de que el imperio del mercado y la esfera de lo privado no deben ser inconmovibles frente al interés de la ciudadanía, y que ciudadanos somos todos pero sobre todo los que peor lo pasan en un país machista y clasista como este.

¿Qué tan recorrido se tiene ese camino?

Conseguir la alternabilidad hasta llevar al principal vehículo de la izquierda política al Ejecutivo no fue posible sin terribles traumas y la inmolación de miles de salvadoreños. Para conseguirlo, hace ya algunos años, se requirió de voluntad ciudadana más que de un buen candidato. Hecho está.

Claro, habría sido de gran ayuda que los gobiernos del FMLN hubiesen pasado de la retórica, y que la revolución ética, la meritocracia y el programa de austeridad prometidos por Funes en junio de 2009 no quedaran perdidos en la historia como hojarasca.

Lo que procede ahora es que se naturalicen las relaciones entre los poderes del Estado, de modo que el Judicial no vuelva a ser la concubina del presidente de la república, y que ya no haya bancadas en alquiler. Y curiosamente, ¡la misma izquierda se opone!

Recién entendemos que el método de aplanadora antidemocrática instituido por Francisco Flores fue convertido en sistema por Elías Saca, y que de no ser por el error de cálculo que los políticos cometieron con la actual Sala de lo Constitucional, Funes y Sánchez Cerén habrían contado con el mismo juguete: todo el aparato a su servicio, partida secreta, suplentes votando y ni un fallo incómodo.

La independencia de poderes es sine qua non para corregir a un Estado ominoso como el salvadoreño. Cuando fue arenero, el oficialismo lo imposibilitó; el actual oficialismo, también. ¿En qué momento el FMLN pasó de querer subvertir el Estado a ser su principal defensor y la principal fuerza contrarrevolucionaria?

El único motor posible para los cambios que requiere nuestro sistema político es el debate permanente y un reconocimiento lúcido de donde estamos; pero si en el espectro nacional parece haber solo conservadurismo tradicional, unos con Polo y otros con guayabera, no solo abandonaremos el camino... lo desandaremos.
 

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