El camino paralelo del ciudadano y la política

El conflicto de los ochenta posibilitó las conquistas que tomaron como suyas una parte de salvadoreños que no sentían como propias las oportunidades, los sueños y el país. Después de una cruenta y postergada guerra, abandonaron las armas y tomaron su parte en las urnas. Llegaron a la civilidad de la democracia, triunfaron los salvadoreños, todos, los de derecha y los de izquierda.
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Los optimistas vieron ahí el fin de la división, creyeron que con la conquista del diálogo y el abandono de las armas iniciaba una época de prosperidad, unidad y vida común para nuestro sufrido país. No fue así. Hoy, en 2017, un grupo de salvadoreños fortalece su cometido, teniendo como telón de fondo las falta de oportunidades y el débil consenso para la atención del problema. El relato político dicta que no estamos en guerra, aun con el número de muertos y los jóvenes que viven en la clandestinidad, arropados por la ruptura del débil tejido social. Una generación perdida, sin pasado y sin futuro, llena de odio y miedo a partes iguales.

Los principales problema que enfrentamos son serios, la terrible violencia y la vil delincuencia no dan tregua. Asiste, como espectador a este gris escenario, la clase política, esa casta que domina el panorama, la que no cede en sus ideológicos intereses, la que justifica su posición cual escenario de plena guerra fría. Cada grupo toma su propia verdad en un debate estéril sobre importantes temas, como seguridad, corrupción, relevo, futuro...

El deseo de cambiar la realidad es permanente para cada persona y para cada generación. Muchos son los valientes que se levantan con el entusiasmo necesario para hacer las tareas del día, para estudiar o trabajar; cada uno emprende la acción de hoy para la meta del mañana. La polarización social, la ambigüedad retórica y el desánimo deben desaparecer para que un aliento de optimismo y unidad alumbre.

Un amanecer no va a suceder solamente con desearlo. Las transformaciones, tan necesarias, ciertamente se logran con la voluntad política, pero la perspectiva de cambio se inicia con actitudes pequeñas en cada uno de nosotros –todo es la suma de uno, uno es la suma de todo. Tan importante es la responsabilidad del funcionario en el escritorio como la fortaleza moral en cada ciudadano. El arrollador ejemplo puede mover voluntades e iniciar mareas, vientos y terremotos de cambio.

Justificar que somos malos porque todo va mal es perpetuar ese círculo vicioso que ha dominado siempre la sospecha de mala suerte, el oscurantismo moral y la reducción de las aspiraciones. La clase política es una fiel e inequívoca representación de cada sociedad. La irresponsabilidad, la parcialidad y el cinismo no están distanciados a cinco grados de congenialidad o de sanguinidad, no. La grandeza de un país es la suma de lo que cada persona es, de lo que cada uno aporta, de lo buen o mal ciudadano que seamos.

Es preciso posibilitar la transformación de la nación: a través de los actores políticos, de los partidos, con las instituciones, en democracia, sí. Pero también con ciudadanos formados e informados, que no solamente depositen su total responsabilidad con el voto. Facebook y Twitter no cambian la realidad, involucrarse, comprometerse y actuar son necesidades vitales para regenerar la cosa. Hemos creído que la política se realiza en un escenario paralelo al nuestro. La calidad moral de la práctica política solo se va a fortalecer si posibilitamos lo que esperamos ver reflejado en el país. No es al revés, no existe un rol personal que no repercuta en la cultural social.

Hay una clara desconexión de la agenda pública con la realidad social. El ciudadano necesita sentir que el Estado funciona. Necesitamos una política social agresiva, para la clase social desposeída y abandona, que garanticen la dignidad de cada persona y que posibilite oportunidades. Esto es lo que necesitamos “resetear” en el sueño salvadoreño para ser una verdadera identidad indivisible, una nación inseparable, con espíritu y con fuerza.
 

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