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El capital no tiene nacionalidad

El capital no tiene arraigo, no tiene sentimientos patrióticos, viaja sin aduanas, despersonalizado y lo único que le atrae es el rendimiento. Nació para reproducirse.
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En un mundo globalizado como el de hoy en día la inversión busca oportunidades de asocio con gobiernos, aprovecha las necesidades territoriales de crecimiento, explota los relativos bajos salarios.

Cuevas internacionales requiere el capital financiero. También malabaristas de la evasión fiscal buscan refugios, el dinero usa presta nombres a semejanza de un antifaz. Al dinero o al capital financiero no se le requiere muchas veces de documento de identificación. Geográficamente es extrañado y bienvenido. Aparentemente es huraño, característica que resulta ser parte de su estrategia. Es apátrida, es eminentemente pragmático, sus objetivos son estrictamente económicos, utilizando, a veces, medios políticos. Se asocia con la oligarquía de turno y al mejor postor. Se adapta a cualquier color político con una inteligencia increíble (todo terreno en el lenguaje de los jóvenes).

El inversionista o poseedor de fondos idóneos para generar más fondos vive ansioso de generar utilidades en una secuencia exponencial infinita. Esa es su consigna, su especialidad y moldea su proceder. Sin embargo, sus poseedores son falibles, cambia de manos cuando su poseedor anterior se equivoca en sus percepciones o en su intuición. El capital se asemeja a una golondrina, no hace de ningún riesgo un destino final, hace estaciones, a veces prolongadas, pero nunca hace de una aventura especulativa su hogar. No pierde la actitud de alerta a la confiscación o al cambio en el rumbo político.

Las salidas de capital privado de los países en desarrollo, tanto si se trata de inversiones a corto plazo como a largo plazo, en títulos o activos, se identifican como fugas de capital, a veces con fines especulativos, otras como reacciones a incertidumbres económicas o políticas en el país de origen.

Para países con problemas financieros, el ingreso y la riqueza de los residentes nacionales no contribuye en forma directa y voluntaria al servicio de la deuda del país o al financiamiento de sus programas de desarrollo. No hay que olvidar que el capital no tiene sentimientos patrios y se fuga por muchos motivos, como la sobrevaloración del tipo de cambio o déficit fiscales o por el riesgo político que individualmente puedan considerar los inversores. En todo caso para el inversionista es racional buscar la colocación de su capital en activos extranjeros que le produzcan rendimientos superiores con el menor riesgo posible.

En otro contexto, un aspecto aparentemente vinculado es de que hay gobiernos con crisis financieras que al no poder monetizar la deuda (imprimiendo dinero) deciden aumentar los impuestos a pesar del costo político que ello implica. Los efectos a largo plazo generalmente están asociados con una disminución de la tasa interna de formación de capital y con un incremento de la necesidad de endeudamiento en el exterior.

Como las transferencias o salidas de capital de los pocos que tienen capacidad de inversión de un país pobre crea problemas para la gran mayoría simplemente observadora y afectada, se vuelve necesario que ese país necesitado ofrezca también garantías a otros potenciales inversionistas vengan de donde vengan y parafraseando una adivinanza: “capitales van capitales vienen y en algún país se detienen”. Se les acoge porque las brechas financieras y las necesidades de un país en última instancia tienen que cerrarse y satisfacerse a como dé lugar.

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