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El caso venezolano está ya sobre la mesa de discusión en la OEA y es un punto que por su gravedad requiere la máxima atención

Precisamente es el realismo lo que tendría que imponerse en este momento en el campo de las relaciones tanto internas como internacionales: un realismo que sea capaz de defender principios dentro del régimen de libertades, que es el único medio para instalar la equidad sin rupturas absurdas y para defender la libertad con instrumentos eficaces.
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La situación de Venezuela se viene volviendo crítica e insostenible desde hace ya bastante tiempo, a consecuencia de los trastornos generados por el “chavismo”, que se propuso establecer un régimen dizque socialista poniendo como base la extraordinaria riqueza petrolera de dicho país. La obsesión hegemónica de Hugo Chávez hizo que utilizara los caudalosos recursos del petróleo para comprar lealtades en el área; y así los regímenes afines se beneficiaron de tal riqueza sometiéndose a los dictados de la voluntad “chavista”. Esto duró sin fisuras mientras Chávez estuvo vivo y los precios petroleros en la cúspide.

Muy pronto fueron asomando todos los signos de la crisis: el ataque gubernamental contra las estructuras privadas de la economía paralizó al sistema en su conjunto; los precios internacionales del petróleo fueron a la baja; el ahogamiento de la institucionalidad política ganó terreno y las reacciones internas tomaron cuerpo. Sólo la retórica, más y más agresiva, sigue en pie, pero cada vez con menos sustentos reales. A estas alturas todo se resquebraja: el régimen que ya no puede con su propia inviabilidad a la que califica de “guerra económica” por parte de sus adversarios; la ayuda a los “aliados” que ya no tiene fuentes de financiamiento y el control político cada vez más débil porque hay corrientes internas con creciente voluntad reivindicativa de la normalidad democrática en pleno.

En los ambientes regionales lo que va quedando claro por obra de la evidencia es que el populismo es insostenible, cualesquiera sean las vestiduras que quiera adoptar. Hace algunos años se habló insistentemente del “socialismo del siglo XXI”, que hoy es término sacado de circulación por la propia realidad. Y por otra parte, el empoderamiento de la democracia va tomando fuerza progresiva. Prueba concreta de ello es la puesta en acción en el seno de la OEA del tratamiento del caso venezolano, para contribuir regionalmente a que las cosas se enderecen en ese país.

Seguir apoyando sin otro argumento que las viejas ataduras al régimen impresentable de Venezuela es sumarse a una ficción contaminadora que ya ni eso puede hacer. Es realmente deplorable y cada vez más riesgoso para el país que la línea del Gobierno salvadoreño continúe siendo esa, cuando habría que buscar maneras para irse soltando de esa dependencia que ya no tiene ni puede tener lazos reales de ningún tipo.

Precisamente es el realismo lo que tendría que imponerse en este momento en el campo de las relaciones tanto internas como internacionales: un realismo que sea capaz de defender principios dentro del régimen de libertades, que es el único medio para instalar la equidad sin rupturas absurdas y para defender la libertad con instrumentos eficaces.

Reconstruir la normalidad democrática y la funcionalidad económica de Venezuela será, sin duda, un empeño dificultoso al máximo, porque lo que esos “experimentos liberadores” han provocado en todas partes son deterioros de alta intensidad, que pueden llegar al colapso total, como ocurrió con la Unión Soviética en su momento. Y los países comprometidos con la libertad están en el deber de apoyar los esfuerzos restauradores y reconstructivos, según se vayan presentando. El Salvador tendría que sumarse a dicha dinámica en vez de persistir en la defensa de lo indefendible.

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