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El caudillo se cobra intereses del capital político

Es que el proyecto de Bukele no gira alrededor de un liderazgo orgánico, de un espacio de significado compartido entre distintos colectivos ni siquiera dentro de su partido político, sino de un caudillismo sordo en el que no cabe debate ni discusión. Entendiendo que ninguno de los alcaldes ganaron por su propio capital político, ahora el caudillo les cobrará los intereses no permitiéndoles gobernar sino sólo representarlo con una camisa de fuerza.

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Una de las ideas que la bancada oficialista apoyará, según adelantó el presidente de la República en su comunicación personal, es la de quitarles no sólo autonomía sino recursos a las alcaldías, en ambos casos a través de la creación de una Dirección Nacional de Obras Municipales.

Aunque la distribución del Fondo para el Desarrollo Económico y Social quedaría tal cual está contemplado actualmente, el 25 % para funcionamiento y 75 % para obras, los alcaldes ya no decidirán qué obras se hacen y cuáles no. Y en la práctica, la inversión en este apartado disminuirá cuatro puntos porcentuales del presupuesto del Estado.

Además, con esta decisión el rol del Instituto de Desarrollo Municipal (ISDEM) debe ser redefinido, porque una eventual duplicidad de funciones con la teórica Dirección de Obras sólo aumentaría a la onerosa carga burocrática del Estado.

¿Cuáles son el propósito, el mensaje y las consecuencias de esta decisión?

Sobre si fue ampliamente discutida, no discurriremos; si lo fue, eso ocurrió en un salón en Casa Presidencial, nada trascendió al público, y no habrá debates en el parlamento, donde los diputados a tenor de lo que se ve y se escucha, se conformarán con levantar la mano y decir amén. Pero ni siquiera esa opacidad impide entender que se decidió alterar de este modo el funcionamiento municipal por control político y de comunicación, que no son necesariamente las mejores razones.

La línea repetida por Bukele, uno de los leitmotivs de su campaña, es que los gobiernos locales han sido corruptos, que han usado los fondos para hacer campaña política, que el dinero no les alcanzó porque se lo robaban. El triunfo de Nuevas Ideas en 149 municipios del país no bastó para abandonar esa noción, de modo que el presidente considera imperativo quitarle poder de gestión a la casta de alcaldes que apadrinó en las elecciones. Equivale poco menos que a manifestar su desconfianza en los mismos candidatos y candidatas propuestos por ese instituto político.

En esta manifestación que pronto se transformará en realidad administrativa y se incorporará a las leyes de la República, se detecta algo sintomático: una pretensión de control de las instituciones, de control de la comunicación, de invasión de la esfera ejecutiva en todo el entramado funcional del Estado otros poderes incluidos, y en suma de un diseño que nos recuerda al de regímenes que siendo democráticos en lo electoral funcionaron como unipartidistas por predominio en la práctica.

No es sólo que los alcaldes verán disminuida su esfera de acción y decisión o que los diputados sufrirán una mordaza dentro y fuera del Salón Azul; es que desde el Ejecutivo se les prohibirá acumular capital político si no es con la venia del presidente. Si en El Salvador, el único modo de amasar ese capital es desarrollando obras y proyectos de impacto en la comunidad, construyendo liderazgos locales y comunicando del mejor modo posible, entonces el oficialismo pretende administrar no sólo el dinero que antes era de discrecional inversión de los concejos, sino dosificando también la popularidad, recurrencia y visibilidad de sus mismos cuadros.

Es que el proyecto de Bukele no gira alrededor de un liderazgo orgánico, de un espacio de significado compartido entre distintos colectivos ni siquiera dentro de su partido político, sino de un caudillismo sordo en el que no cabe debate ni discusión. Entendiendo que ninguno de los alcaldes ganó por su propio capital político, ahora el caudillo les cobrará los intereses no permitiéndoles gobernar sino sólo representarlo con una camisa de fuerza.

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