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El cese del fuego bilateral y definitivo en Colombia es una buena noticia para la normalización del ambiente en nuestro ámbito regional

Por distintas vías, a todos los viejos movimientos revolucionarios, inspirados de cerca o de lejos por el ideario marxista-leninista, les ha venido llegando su hora. En El Salvador la “guerra revolucionaria” tuvo que concluir en enero de 1992 con un Acuerdo de Paz que incorporó a la fuerza guerrillera al esquema de la competencia democrática.
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El pasado jueves, el Gobierno de Colombia y la dirigencia de las FARC firmaron en La Habana, Cuba, un histórico acuerdo para el cese de la lucha armada en aquel país luego de muchas décadas de conflicto. Aunque esta no es la conclusión total del esfuerzo pacificador sí constituye un paso decisivo en esa dirección, y como tal debe ser valorado. El conflicto colombiano viene de lejos y ha tenido mutaciones en el tiempo. Comenzó como una lucha revolucionaria, al estilo de las que surgieron en los años 60 del pasado siglo en nuestro entorno, detonadas por el triunfo de la Revolución Cubana en 1959; pero luego fue dejando de ser una batalla por el poder político al mezclarse con el crimen organizado cuyo centro principal ha sido y es el narcotráfico, del cual Colombia es una de las principales bases productivas.

Por distintas vías, a todos los viejos movimientos revolucionarios, inspirados de cerca o de lejos por el ideario marxista-leninista, les ha venido llegando su hora. En El Salvador la “guerra revolucionaria” tuvo que concluir en enero de 1992 con un Acuerdo de Paz que incorporó a la fuerza guerrillera al esquema de la competencia democrática. Prácticamente todas las organizaciones revolucionarias extremistas del Continente se han ido disolviendo sin pena ni gloria. En Nicaragua, donde el sandinismo llegó al poder por la vía militar, hoy esa fórmula es una extraña mixtura que se sostiene sobre la base de mantener viva la antigua práctica del continuismo. Cuba está de regreso, sin mayores sobresaltos. Y el llamado “Socialismo del Siglo XXI”, que es una invención populista insostenible, tiene a estas alturas una muestra patética: la crisis venezolana.

Como decíamos, el caso colombiano tiene su propio perfil, por las condiciones internas que se mueven alrededor. Ahora se logra el cese definitivo de las hostilidades armadas, y queda pendiente, entre otras cosas, el definir cómo derivarán las FARC en movimiento político, si es que eso llega a ocurrir. Pero además, sigue pendiente el eventual acuerdo con otra fuerza clandestina que es el ELN. Y, por otra parte, en el ambiente político imperante en Colombia hay muchos rechazos a los entendimientos que ya se están logrando, lo cual podría poner piedras en el camino hacia una normalización definitiva. El fenómeno del paramilitarismo, generado desde el poder como instrumento de lucha en el terreno, también es un peligro real, y más ahora. En otro sentido, el punto del accionar del crimen organizado todavía no se trata con la amplitud y la profundidad que se requieren para pasar de veras a una nueva etapa. El trabajo por hacer es, entonces, muy desafiante en todas sus expresiones, y habrá que ver lo que pasa de aquí en adelante.

En el acto de la firma del acuerdo en La Habana el Presidente Santos dijo entre otras muchas frases esperanzadoras: “Hoy se abre un nuevo capítulo, que nos devuelve la esperanza y que le da a nuestros hijos la posibilidad de no repetir la historia”. En verdad, de eso se trata siempre, en cualquier tiempo y circunstancia: de ir aprendiendo inteligentemente de la experiencia vivida para no recaer en los errores y en los fracasos que estos acarrean.

América Latina ha transitado en los tiempos más recientes por sendas tortuosas que es preciso dejar atrás. Hay que abrirse a los verdaderos horizontes del futuro, para que éste pueda habilitar las oportunidades civilizadoras que son imprescindibles para una vida plena en todos los sentidos, espacios y niveles.

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