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El congestionamiento de la atmósfera política es mal augurio sobre lo que viene

Construir una gobernabilidad auténtica y sostenible, mucho más allá de las alianzas con trasfondos mezquinos, constituye obligación histórica, que ya nadie puede eludir.
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El enturbiamiento progresivo de la atmósfera política nacional no es un hecho que pueda ser atribuido simplemente a la cerrada competencia que se está dando de cara a los comicios del año próximo. Se trata, en verdad, de un fenómeno revelador de que en el país aún no ha sido posible desactivar de manera definitiva los mecanismos anímicos que prevalecieron durante el conflicto bélico, pues sigue haciéndose sentir esa caricaturización de la realidad que todo lo quiere presentar en blanco y negro, o entre buenos y malos. En la democracia, puede haber y hay naturalmente percepciones contrastantes y posiciones encontradas sobre cualquier tema o factor que se manifieste en el escenario de la vida nacional; sin embargo, la misma democracia provee los procedimientos y las dinámicas para procesar diferencias, sean cuales fueren.

El problema se presenta cuando prevalece la tendencia al personalismo y a la abierta o encubierta defensa de intereses particulares y de grupo en detrimento del interés general. Es lo que estamos viendo en el día a día, y por eso hay una creciente conflictividad superficial, mientras las cuestiones de fondo permanecen en una especie de limbo que las complica y las profundiza cada vez más. Por persistir en esa obsesiva práctica de disputa todavía está pendiente, por ejemplo, el FOMILENIO II, que es tan importante para nuestro desarrollo territorial; y puntos críticos como el auge de la criminalidad se hallan crecientemente enredados, sin que se les puedan aplicar los tratamientos integrales que requieren con urgencia.

Estamos necesitando, sin duda, una corrección a fondo de las conductas políticas, tanto en períodos electorales como en tiempos de relativa calma competitiva. Y esto hay que tratarlo cuanto antes, pues, a partir de las elecciones presidenciales de 2014, viene en los años siguientes una sucesión de comicios que de seguro serán muy disputados. En 2015 hay elecciones legislativas y municipales; en 2018 hay de nuevo elecciones legislativas y municipales y en 2019 serán las elecciones presidenciales siguientes. En realidad, la Administración que viene sólo tendrá disponibles dos años sin elecciones, y eso es mucho decir, porque las presidenciales de 2019 estarán sobre el terreno desde 2017, según lo ocurrido en las anteriores.

Traemos a cuento este apretadísimo calendario porque hay que tener conciencia de que el reto de gobernabilidad no se agota, ni mucho menos, en las urnas de 2014. Hay que pensar y planificar, conforme a los tiempos de dicho calendario, desde ya; pues, en las condiciones en que nos hallamos y con las actitudes y prácticas que prevalecen, gobernar será tarea de la más alta exigencia. Habrá que poner en funciones una creatividad estratégica de primer nivel, para generar acuerdos sustentables respecto de todos los grandes desafíos en juego, para que el Estado deje de ser una nave al garete y se conduzca conforme a una clara y precisa hoja de ruta, y para que no quede ningún cabo suelto en el avance hacia el desarrollo. Misión posible, que debe ser atendida con la determinación y la audacia con que se encaran las misiones imposibles.

Construir una gobernabilidad auténtica y sostenible, mucho más allá de las alianzas con trasfondos mezquinos, constituye obligación histórica, que ya nadie puede eludir. No se puede seguir al vaivén del cortoplacismo interesado: hay que pasar a una práctica política e institucional que trascienda momentos y que se proyecte inequívocamente hacia adelante.

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  • fomilenio ii
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