Lo más visto

Más de Opinión

El corazón misericordioso de Jesús

El mes de junio la Iglesia lo dedica al Sagrado Corazón de Jesús, máxima expresión humana del Amor Divino. El pasado viernes hemos celebrado la solemnidad del Corazón de Jesús y esta fiesta da la pauta a todo el mes.
Enlace copiado
Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Rutilio Silvestri / [email protected]  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Enlace copiado

La piedad popular valoriza mucho los símbolos, y el Corazón de Jesús es el símbolo por excelencia de la misericordia de Dios; pero no es un símbolo imaginario, es un símbolo real, que representa el centro, la fuente de la que ha brotado la salvación para la humanidad.

En los Evangelios encontramos diversas referencias al Corazón de Jesús. En el Evangelio de San Mateo, Cristo dice: «Venid a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad mi yugo y aprended de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontraréis vuestro alivio».

San Juan testimonia de hecho aquello que vio en el Calvario, o sea que un soldado, cuando Jesús ya estaba muerto, le atravesó el costado con la lanza, y enseguida brotó sangre y agua.

San Juan reconoció en aquel signo, aparentemente casual, el cumplimiento de las profecías: del corazón de Jesús, Cordero inmolado sobre la cruz, brota el perdón y la vida para todos los hombres.

Pero la misericordia de Jesús no es solo sentimiento, es más, es una fuerza que da vida, ¡que resucita al hombre! Nos lo dice el Evangelio de San Lucas, en el episodio de la viuda de Naím: Jesús acompañado de sus discípulos está llegando justamente a esa ciudad, un pueblo de Galilea, en el momento en el que llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda.

La mirada de Jesús se fijó inmediatamente en la mujer que lloraba desconsolada. Dice san Lucas: «Al verla, el Señor se conmovió». Esta «compasión» es el amor de Dios por el hombre, es la misericordia, o sea la actitud de Dios en contacto con la miseria humana, con nuestra indigencia, nuestro sufrimiento, nuestra angustia.

El término bíblico «compasión» evoca las entrañas maternas: de hecho, la madre experimenta una reacción exclusivamente suya frente al dolor de los hijos.

Y ¿cuál es el fruto de este amor? ¡Es la vida! Jesús dice a la viuda: «¡No llores!», luego llamó al muchacho muerto y lo despertó como de un sueño.

¡No tengamos miedo de acercarnos al Señor! ¡Tiene un corazón misericordioso! Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, Él nos perdona siempre. ¡Es pura misericordia! No olvidemos esto: es pura misericordia. ¡Vayamos a Jesús! Por el Sacramento de la misericordia de Dios que es la Confesión.

Acudamos con frecuencia a confesarnos, bien preparados, con un examen profundo, con dolor de haber ofendido al Señor y con el propósito de no volver a ofenderle, con sinceridad total, como cuando vamos al médico.

Dirijámonos también a la Virgen María, Su Madre y Nuestra Madre: su corazón inmaculado, corazón de madre, ha compartido al máximo la «compasión» de Dios, especialmente a la hora de la pasión y de la muerte de Jesús.

Que María nos ayude a estar siempre cerca del Corazón de Su Hijo, con la conciencia limpia de pecado, a ser mansos, humildes y misericordiosos con todas las personas: nuestros hermanos y hermanas.

Lee también

Comentarios