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El coronavirus de Wuhan y la discriminación

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Sigfrido Munés

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El instinto de conservación empuja al rechazo de todo lo que signifique una amenaza de muerte y es el caso del trato inhumano que enfrentan personas de origen chino o asiático en algunos países, a raíz de la amenazadora expansión del virus de Wuhan. El hecho da lugar a que más allá de los temores a una enfermedad desconocida, surjan o resurjan viejos prejuicios raciales. Y ello está ocurriendo tristemente.
La discriminación por raza u origen es de vieja data y consta en libros sagrados. El mismo Jesús la vivió como galileo y una mujer a la que Él le pidiera agua junto al pozo de Jacob le respondió: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Juan 4/ 6-9).

Hace muchos años, encontrándonos en Bruselas, el doctor Pablo Mauricio Alvergue y yo nos reunimos con el barón de Thuret y su esposa salvadoreña, Maribel Arrieta, exreina de belleza de muy grata recordación. Durante el convivio surgió el tema de la discriminación racial en el Viejo Continente y la bella compatriota comentó alguna experiencia propia. Nos dijo que ella (blanca y rubia), cuando se identificaba en algunos lugares de Europa, era observada con especial atención. Una vez, alguien le dijo que viéndola bien se podía descubrir sus rasgos latinos.

Claro que el tema de la discriminación da para muchas letras.
En España ha causado revuelo recientemente que al actor ibérico Antonio Banderas lo describieran en los Estados Unidos, durante un evento y en publicaciones, como “latino de tez oscura”.
Lamentablemente el ser humano no escapa a la territorialidad que impera en el reino animal y el que llega de afuera o es distinto físicamente, se puede ver como un depredador que se apodera de algo que no le pertenece. Estas actitudes primitivas son explotadas por políticos inescrupulosos y así pudimos ver en las décadas 40 y 50 del siglo pasado algunas campañas de prensa en un país de la región, en las que se achacaba a los inmigrantes toda suerte de fallas, pecados y crímenes, lo que culminaría con su expulsión masiva, incluidos niños, mujeres y ancianos.

En el siglo XXI el señor Donald Trump, presidente de una nación fundada por los inmigrantes de ayer, proclama una política contra los inmigrantes de hoy, a quienes califica como delincuentes en una generalización alejada de los principios de justicia e igualdad que sustenta la Constitución de los Estados Unidos de América.

El problema no es exclusivo de una campaña electoral y se convierte poco a poco en posiciones permanentes de  sectores poco educados, los que protagonizan repetidos casos de agresión contra personas latinas por su pecado de hablar español o simplemente por el color de su piel. Igual, sentimientos escondidos contra orientales fácilmente identificables salen a flote en medio del creciente temor por el coronavirus de Wuhan. Muy lamentable.

Un diplomático chino de alto nivel ha sugerido en Ginebra tratar de eliminar el pánico, “que puede causar más daños que la enfermedad misma”. Una prevención fácil y necesaria es mantener las manos bien lavadas y no tocarse ojos, nariz y boca; y que las autoridades sanitarias mantengan las medidas precautorias en fronteras y aeropuertos.
Por de pronto, gracias a Dios, los becarios y otros salvadoreños se encuentran bien en la China continental, un país entero en cuarentena. ¡Mil seiscientos millones de personas!

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