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El correcto anuncio del Evangelio

El Papa Francisco advirtió en una de sus homilías de "la hipocresía de vivir un cristianismo mundano y de no anunciar el Evangelio como se debe, por lo que invitó a no aguar el anuncio del Evangelio".

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Rutilio Silvestri

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La novedad del Evangelio, la novedad de Cristo no es solo que transforma nuestra alma, es transformarnos a todos nosotros: alma, espíritu y cuerpo, todos, todo, es decir, transformar nuestra vida de mundana en cristiana; de enemigos, en amigos de Dios.

La novedad del Evangelio es absoluta, es total; es para todos, porque nos transforma desde dentro hacia fuera: el espíritu, el cuerpo y la vida diaria. Todo nuestro día es estar adorando a Dios, sin salirnos de nuestro sitio, de nuestro trabajo, de nuestra familia, del ambiente social. Mucha gente busca vivir el cristianismo de las novedades. Pero hoy no se puede hacer así, no se puede vivir así. Y cuánta gente que vive de las novedades que vienen propuestas por el mundo es mundana, no acepta toda la Novedad que encierra la fe en Jesucristo y en su Iglesia. Hay una diferencia entre la Novedad de Jesucristo y las novedades que el mundo nos propone para vivir: el confort, la comodidad, el estar sin hacer nada, dejándose llevar por la pereza, la sensualidad...

Alguien podría decir: Pero es que, somos débiles, somos pecadores... Eso es cierto: Si tú aceptas ser pecador y débil, el Señor te perdona si te acercas con auténtico dolor de tus pecados, al Sacramento de la Confesión.

Porque parte de la novedad del Evangelio es confesar que Jesucristo ha venido para el perdón de los pecados. Pero si tú dices que eres cristiano y convives con esas novedades mundanas, ya habrías caído en la hipocresía, que es solo apariencia de cristianismo.

Esa es la diferencia. Y Jesús nos había dicho en el Evangelio: estad atentos, que nos os engañen, cuando os digan: el Cristo está allí, y allí, y allá. No lo creáis porque Cristo es solo uno, y Cristo es claro en su mensaje de salvación.

El camino de aquellos que acogen la Novedad de Jesús es el mismo camino de Jesús el que acogen. Pero ese es el camino hacia el martirio, como el mismo Señor nos enseñó con su vida y con su muerte, que escogió el camino de la Pasión para redimirnos del pecado original –el de nuestros primeros padres, Adán y Eva– para ponernos en el camino de ganarnos el cielo para toda la eternidad, si somos fieles a su doctrina.

Pero hay que distinguir entre el martirio cruento y el de cada día. Este es nuestro camino: santificarnos en el trabajo ordinario, en nuestra familia, entre nuestros conciudadanos, entre personas corrientes como nosotros. Entonces estaremos en buen camino.

Pero tengamos en cuenta que somos observados por el gran acusador –el demonio, el padre de la mentira– que suscita a los acusadores de hoy –las personas mundanas de que estamos rodeados– para que caigamos en contradicción y ofendamos al Señor con el pecado grave, al Señor, que nos quiere santos.

Pidamos ayuda a nuestra Madre del Cielo, la Virgen Santísima, que por ser la Madre de Dios, es la Omnipotencia Suplicante, que nos ama tanto.

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