El creciente compromiso de la ciudadanía con la suerte de su respectiva sociedad se hace notorio en todas partes

En los momentos actuales, el pensar y el sentir ciudadanos ya no pueden ser ignorados o mediatizados impunemente por voluntad de la llamada “clase política”, porque la gente expresa lo que piensa y lo que siente con decidida intención de hacerlo valer por todos los medios.
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Basta hacer un somero recorrido por lo que está ocurriendo en los ámbitos del accionar político mundial para darse cuenta de que hay por doquier nuevos dinamismos de expresión de la conciencia y de la voluntad de las ciudadanías respectivas, sobre todo en aquellas sociedades donde los fenómenos críticos se han ido haciendo más presentes. Esto, como lo hemos subrayado muchas veces, no depende de lo que hasta hace poco se conocía estrictamente como desarrollo y subdesarrollo: en realidad, con independencia del nivel de progreso económico que haya alcanzado una determinada sociedad, lo más determinante en estos días es el rol que tiene efectivamente la ciudadanía en cualquier sociedad de que se trate.

Dentro de un esquema más teórico que práctico, se ha venido hablando de democracia representativa y de democracia participativa. Lo que la experiencia acumulada enseña es que la democracia tiene que ser representativa y participativa al mismo tiempo, y eso es justamente lo que se está manifestando de modo avasallante en el mundo actual. Nuestro país no escapa a tal tendencia, y más bien puede presentarse como un caso emblemático de esta nueva dinámica, sobre todo por un dato desencadenador que aún no ha sido valorado en la significación nacional e internacional que tiene: fue la ciudadanía la que hizo posible que la guerra se desplegara en el terreno y a la vez fue esa misma ciudadanía la que posibilitó la solución política del conflicto bélico al no facilitar condiciones para que se diera cualquier tipo de solución militar. Así fue cómo pudimos pasar a la fase de democratización plena inmediatamente después de que callaron las armas del conflicto bélico.

En los momentos actuales, el pensar y el sentir ciudadanos ya no pueden ser ignorados o mediatizados impunemente por voluntad de la llamada “clase política”, porque la gente expresa lo que piensa y lo que siente con decidida intención de hacerlo valer por todos los medios. En los tiempos recientes se han dado múltiples ejemplos en el país de que las cosas ya no se pueden hacer con los cubrimientos interesados de antes, y este es un logro histórico que en ningún momento habría que perder de vista, porque las amenazas obstruccionistas y los ataques subterráneos nunca dejarán de estar al acecho.

Se trata, como es notorio de las más diversas maneras, de un fenómeno en plan de globalizarse con energía y penetración cada vez mayores. Muy especialmente los jóvenes ganan protagonismo colectivo en esta expresión de avance de la conciencia ciudadana. También las fronteras intergeneracionales, que en el pasado resultaban tan rígidas y en tantos sentidos impenetrables, van cediendo paso a nuevas formas de participación, que casi siempre comienzan en las calles y luego van penetrando en los círculos institucionales.

En nuestro país, la fuerza expansiva de la opinión pública acompaña al ímpetu de esas nuevas formas de participación, que están permeando, aunque tal penetración aún pueda parecer insegura, hasta las pétreas interioridades de los partidos políticos, acostumbrados obsesivamente a los ejercicios de siempre. Se avanza, pues, y mantener el avance innovador es la mejor señal de que la evolución no descansa.

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