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El crimen de Greenpeace

¿Está cometiendo Greenpeace un crimen contra la humanidad?
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 Una carta de 113 premios Nobel lo sugiere. En ella, los laureados instan al grupo ecologista a abandonar su campaña contra los alimentos genéticamente modificados, especialmente contra el conocido como “arroz dorado”, que podría ayudar a evitar millones de muertes en países en vías de desarrollo.

Al referirse a los alimentos producidos a partir de un Organismo Genéticamente Modificado (OGM) como frankenfood (comida Frankenstein), los activistas han conseguido un término brillante y ciertamente alarmista, que ha sido fuertemente promovido por Greenpeace. Pero este concepto no tiene ningún fundamento que se sostenga en la realidad.

Hace solo un par de meses, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos concluyó en su último informe que los transgénicos “son tan seguros como” los alimentos no transgénicos. La Unión Europea ha llegado a la conclusión, después de 130 proyectos de investigación y 25 años de estudios que “no hay, hasta la fecha, evidencia científica alguna que relacione los OGM con mayores riesgos para el medio ambiente o para la seguridad de los alimentos que las plantas y organismos convencionales”.

Y la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia concluye que “la ciencia es muy clara: la mejora de los cultivos mediante las modernas técnicas moleculares de la biotecnología es segura”.

Entonces, ¿por qué Greenpeace insiste en que estos alimentos podrían ser “una amenaza para la salud humana y del medio ambiente”? Cuando se trata del calentamiento global, Greenpeace y otras organizaciones ecologistas son bastante claras. Afirman, correctamente, que debemos tener en cuenta la abrumadora evidencia científica de que el calentamiento global es real y que causará problemas importantes. Sin embargo, en lo referente a los OGM hacen caso omiso de las abrumadoras pruebas científicas.

Uno de los premios Nobel involucrados, sir Richard Roberts, encuentra una explicación a todo esto: una campaña basada en el miedo siempre ayuda a recaudar fondos.

De manera ingeniosa, el arroz dorado podría permitir a miles de millones de adultos y niños alimentarse con arroz, pero con más vitamina A que comiendo espinacas; 50 gramos proporcionarían el 60 % de la dosis diaria recomendada.

Sin embargo, Greenpeace, junto con otras organizaciones, ha estado luchando contra el arroz dorado durante al menos 15 años, argumentando que podía haber “riesgos inespecíficos para la salud humana”. Esto es inexcusable y pone en riesgo la vida de millones de personas innecesariamente, tal y como los 110 premios Nobel han señalado en términos muy claros.

La reacción de Greenpeace ha sido aleccionadora y deprimente. Afirman que el arroz dorado es una solución fracasada debido a que aún no está disponible para la venta. Sin embargo, el retraso se debe principalmente a la propia campaña que Greenpeace y otras organizaciones han estado librando.

Greenpeace reconoce que cientos de millones de personas, las más pobres del mundo, carecen de vitamina A, pero sorprendentemente sugiere que deberíamos eliminar el arroz dorado como parte de la solución. Sugieren que estos pobres, los más pobres del planeta, simplemente deben comer mejor y con alimentos más caros.

Por supuesto, Greenpeace debería dejar de ignorar la abrumadora evidencia científica. Pero también debemos aprender de esta situación. En una sociedad plural, es esencial que existan organizaciones ecologistas como Greenpeace para desafiar las verdades establecidas. El problema es que confiamos en ellos demasiado. Las encuestas muestran que confiamos en organizaciones ecologistas mucho más que en organismos de protección medioambiental, en los que se confía a su vez mucho más que en las corporaciones.

Está claro que nunca debemos aceptar simplemente la palabra de los grandes productores de alimentos, sin hacer preguntas. Pero del mismo modo, la historia de los alimentos transgénicos muestra que deberíamos ser también escépticos con Greenpeace.

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