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El crimen organizado sigue haciendo de las suyas y para frenarlo urge una estrategia que llegue al fondo de la problemática

En lo que falta de la campaña, cada partido y cada candidato en competencia se hallan en el ineludible deber de poner estrictamente en claro ante la ciudadanía qué se proponen hacer en concreto para atacar a la criminalidad desde sus raíces, cortándole en consecuencia todas sus ramificaciones.
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Aunque las estadísticas sobre el accionar criminal en el país son fluctuantes en los distintos momentos del acontecer nacional, lo cierto sin ningún género de duda es que seguimos inmersos en un estado de inseguridad ciudadana que no parece tener fin, y que incide de manera intensamente negativa en todo lo que ocurre dentro del ambiente. Las estadísticas van y vienen, con la mecanicidad que las caracteriza, pero la vida de la gente está expuesta sin tregua al embate del crimen en sus diversas manifestaciones. Eso es lo que hay que atacar a profundidad, para que se pueda decir y sentir que el estado de cosas está cambiando para bien, como todos esperamos y reclamamos con apremio creciente.

Uno de los factores que más inciden en el avance del crimen organizado en nuestra zona es el narcotráfico en expansión continua. Según el Informe Mundial sobre Drogas 2018 presentado por la ONU, el 90% de la cocaína que se consume en Estados Unidos pasa por Centroamérica procedente del sur. Somos, pues, un corredor fundamental para hacer llegar la droga a su principal destino en el Norte. Esto se sabe desde siempre, y hasta la fecha no ha habido ninguna estrategia verdaderamente funcional para empezar a poner los frenos pertinentes. Lo primero sería entender y aceptar que dicha estrategia sólo puede ser efectiva de veras si tanto los países de origen como los de tránsito y el de destino final se ponen de acuerdo en organizar la lucha, con lo que a cada quien corresponde.

En nuestro país, el crimen organizado tiene también otras líneas de acción en el terreno, como el tráfico de personas y el manejo de las extorsiones. Es, en verdad, un mapa complejo de actividades que se intercomunican y que ejercen distintas formas de control sobre la vida de la gente y aun sobre el desempeño de la institucionalidad establecida. Se trata, pues, toda una red de comportamientos delictivos, que ha venido tomando sitio preponderante en la cotidianidad del país, hasta hacerse sentir como algo que tiene ya presencia irreversible. La territorialización del crimen, con el tipo de controles que eso significa, es la mejor prueba de que regresar a una auténtica normalidad va a ser tarea de gran calado y de largo alcance.

Romper este maleficio, que toma fuerza en la medida que no se le contraponen iniciativas de lucha con posibilidades de prosperar en serio, tendría que ser uno de los mayores objetivos del momento presente, en especial cuando estamos por iniciar una nueva gestión presidencial a un año escaso de distancia. En lo que falta de la campaña, cada partido y cada candidato en competencia se hallan en el ineludible deber de poner estrictamente en claro ante la ciudadanía qué se proponen hacer en concreto para atacar a la criminalidad desde sus raíces, cortándole en consecuencia todas sus ramificaciones.

Como decíamos antes, la tarea por desplegar debe hacerse en estrecha alianza con todos los países de la zona, ya que el crimen, en sus variadas expresiones, tiene cada vez menos fronteras, como lo muestra la experiencia de todas partes. Los problemas más complejos del mundo actual se globalizan más rápidamente que las soluciones operativas que se les aplican, y esto hay que tenerlo presente siempre.

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