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El cristianismo, los mártires y la manipulación política

Hoy, en vísperas de la Semana Santa, justo es concentrarnos en la conmemoración de las fechas que marcaron el sentido de nuestra espiritualidad, recordando aquella expresión de San Pablo, quien advierte que si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe.
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José Miguel Fortín Magaña / Médico psiquiatra

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Con Su pasión, nos mostró el amor de Dios hacia la humanidad; con Su muerte se concretó nuestra redención y con Su resurrección nos señaló que seguimos a un Dios Vivo. Muy rápido después, con San Esteban, la historia de los mártires cristianos habría comenzado; pero también, desafortunadamente, su manipulación política por los zelotes.

Muchos de quienes seguían a Jesús anhelaban un Mesías poderoso y guerrero, que libertara a su gente de la servidumbre; y no entendieron (ni entienden todavía) que nuestro Salvador habló siempre de amor y de tolerancia; y que se entregó con mansedumbre, callando la iracunda espada de Pedro, cuando este la desenvainó para defenderlo, advirtiendo que “quien a hierro mata, a hierro muere”. Esa ha sido la historia de los mártires de la Iglesia a lo largo de veintiún siglos, en donde desde la primera centuria, muchos cristianos fueron torturados y asesinados.

Innumerable cantidad de persecuciones se presentaron en cada etapa de la expansión histórica del cristianismo; y hoy podemos recordar cuántos fueron sacrificados por Roma y por los bárbaros, en la Europa incipiente; en el Oriente Medio y África, por los sarracenos; o en la América indígena, durante la colonización; o en China y en Japón. La constante fue siempre la misma, entregar la vida por amor a Dios.

Así, en la España de 1936, en el lapso de unos 4 meses, las turbas anarquistas rojas asesinaron a unos 12 obispos y alrededor de 10,000 religiosos y sacerdotes; y en la guerra civil salvadoreña, dos obispos y varias decenas de presbíteros, laicos y religiosos, también fueron liquidados por ambos bandos.

Hoy muchísimos de quienes ofrendaron su vida a lo largo de la historia han sido declarados santos, aun cuando son más, de los que nunca tendremos noticia, porque murieron en la soledad del anonimato; teniendo sin embargo clarísimo, que Dios no los ha olvidado.

La Iglesia se nutre de la sangre de sus mártires, pero no puede permitir, ni hoy, ni nunca, que nadie se aproveche de la muerte de uno de sus hijos, para fines políticos o de propaganda. Asqueroso habrá resultado a la curia española, que sus héroes hayan sido utilizados por la dictadura franquista; como seguramente también le resulta odioso a la Conferencia Episcopal salvadoreña, que la figura del beato Romero sea usada como trofeo por un grupo de políticos, de los cuales muchos ni siquiera son creyentes. Hoy en nuestra patria, cada día más carreteras, avenidas y aeropuertos llevan su nombre; no por una veneración sincera, sino por el ánimo revanchista de apropiarse del nombre de un obispo que murió por Cristo, hablando contra la violencia y a favor de la dignidad humana. Él creía en la vida y esgrimió su palabra con la mayor fuerza en contra del aborto, por ejemplo. Curiosa contradicción de aquellos que lo enarbolan en un intento ridículo para poner a unos contra otros, pero ambicionan aprobar leyes para permitir el genocidio de los no nacidos.

Entendiendo la santidad, hemos de insistir en que esta no es patrimonio de grupo alguno; y es el anhelo de todos los hombres de buena voluntad, sin importar la raza o la filiación política.

Más de dos mil años han pasado; y la Iglesia continúa peregrina sobre la Tierra, sabiendo que Dios no la abandona y que estará entre nosotros, hasta el final de los tiempos.

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