Lo más visto

El debate, el votante y la democracia

Enlace copiado
Enlace copiado

Médico psiquiatraCada gesta democrática que vive un país a través de las votaciones sirve para expresar la voluntad popular; pero esta no debe ser solamente el momento de catarsis histórica en donde algunos apoyan a sus candidatos y otros demuestran su desencanto, sino el inicio de una dinámica participación ciudadana en donde representantes y representados establecen un diálogo para construir juntos las mejores propuestas y fortalecer a la República.

Y es que la base de nuestro sistema son tres Poderes u Órganos esenciales que conforman el régimen de pesos y contrapesos, que tanto detestan los tiranos, pero que tan necesario es para mantener la libertad. Ahí radica el sentido teleológico de la cosa pública, en donde los funcionarios se saben servidores del Pueblo y reconocen haber llegado al puesto, para representar a sus electores y que a partir de entonces, no es al partido que los propuso a quien se deben, sino a las personas que habitan en su circunscripción: votantes y no votantes, afines y adversarios.

Los diputados deberán luego elegir a los funcionarios de segundo grado, como magistrados y fiscal, entre otros, pero en nuestro nombre. Por eso es que la denuncia y señalamiento público de la ciudadanía, de forma individual o colegiada en Movimientos civiles, es imperativa en este sistema de representaciones, ya que de no hacerse, al no oír la voz de los electores, los nuevos burócratas podrían interpretar erráticamente el mensaje del Pueblo, llegando finalmente a cegarse, cuando el único sonido que escuchen sea el propio y el de sus aduladores.

En la construcción de una república moderna, es requerido empoderar al ciudadano, permitiendo que este se exprese y sea oído; siendo la razón por la que cualquiera puede acudir a un juez, si siente que sus Derechos han sido alterados; o a su diputado, si siente que algo afecta a su comunidad. Esa “Voz del Pueblo” es entonces vital; pero curiosamente es también la más odiosa, para quienes pidiendo primero el voto, luego se creen por encima de los demás y esperan que todos, abajo, aplaudamos cuanta maniobra realicen.

Estamos delante de una nueva Asamblea Legislativa y de nuevos alcaldes y tenemos no el derecho, sino el deber de ayudar para que su gestión sea provechosa para todos. Los demócratas se sentirán respaldados; los déspotas y matones (tristemente existentes en todos los partidos) se sentirán ofendidos; pero eso último no debe perturbarnos ya que buscamos juntos el “Bien común”. Por eso algunos de nosotros, del Pueblo, hemos insistido hasta la saciedad en la necesidad de los debates, para oír y comprometer a quienes pretenden ser funcionarios. Algunos han demostrado su orientación democrática al aceptarlos; ¡bien por ellos!; otros, expusieron, al rechazar al Soberano, que su alma no era genuinamente republicana, asistiendo nada más a remedos de debates en los que se ponen condiciones y se preestablecen las preguntas.

Un día, nuestra patria evolucionará suficientemente, para que todos los partidos entiendan que el diálogo con el electorado no es un favor que le hacen, sino una obligación esencial, que en los países democráticos sirve para afirmar, más allá de los deseos de cúpulas o de financistas, que el voto pensado es una de las más poderosas armas con las que contamos para seguir viviendo en libertad.

Lee también

Comentarios