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El desarrollo es cada vez más un desafío personal en todas partes, y esto hay que asumirlo como compromiso disciplinario y como oportunidad constante

Siempre se ha dicho que los salvadoreños somos trabajadores por naturaleza; y hoy habría que agregar: y también somos emprendedores por vocación natural.

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David Escobar Galindo

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Como señalamos cuantas veces se hace oportuno en este ejercicio de ir al encuentro del fenómeno real tal como ahora se nos presenta, lo que más caracteriza al acontecer presente es el hecho de que se está produciendo una especie de trasvase constante de realidades, que ya no se detiene ante los viejos y gastados límites que tanto se hicieron valer en épocas anteriores, y muy especialmente en la era de la bipolaridad coreográfica y arrogante al máximo. Hoy, lo que impera es eso que se llama transversalidad, y de la cual todos debemos tomar la debida conciencia progresiva no sólo para poder estar a tono con el ritmo y con el contenido de los tiempos, sino sobre todo para reconocernos como sujetos históricos sin fronteras, ubicados a la vez en el respectivo lugar y en la amplitud de los espacios globalizados. Este es un cambio de perspectivas que abre oportunidades sin fin en un mundo cada más multifacético.

Pero como siempre ocurre, y desde luego también en este caso, las oportunidades van de la mano de los desafíos, que cambian conforme a lo que traen consigo cada coyuntura y cada momento. Estamos hoy en 2020, año emblemático en muchos sentidos, y en el escenario que eso representa debemos identificar y diferenciar los retos correspondientes. Para los salvadoreños específicamente hablando se ponen a la vista de inmediato tres retos de alta intensidad, que son ineludibles: seguir disolviendo los viejos muros interiores, avanzar sin detenciones de ninguna índole en el posicionamiento dentro del mapamundi y abrirle progresivamente a la ciudadanía formas de autorrealización que correspondan a las aspiraciones presentes dentro de las posibilidades que los tiempos vitalizan por doquier.

En el título de esta Columna señalamos que el desarrollo es cada vez más un desafío personal en todas partes. Esta es una afirmación que no surge por casualidad, sino que responde a una convicción movida por los aires que soplan. Aunque siempre existe y existirá la responsabilidad estratégica de planificar las líneas del desarrollo, lo que se está haciendo día tras día más elocuente es el hecho de que cada quien –es decir, cada individuo, sea quien fuere y esté donde esté– es autor y conductor de su propio proceso vital. Esto es una prueba de fuego para el poder en todas sus expresiones, y así se está haciendo evidente con elocuencia e incidencia expansivas. Y en tal sentido, todo hay que verlo, analizarlo, planificarlo y administrarlo con otros ojos.

Los individuos y sus sociedades son los protagonistas del juego. Y por ello cada sociedad y cada individuo tienen que asumir conciencia particularizada como partícipes ineludibles e inocultables. Antes, el poder tanto político como socioeconómico parecían plena y permanentemente habilitados para imponer sus normas y sus intereses por encima de todo; ahora eso está dando un giro total, lo cual tiene al poder en crecientes ascuas y a las ciudadanías en incesantes pálpitos. Y todo indica que este proceso de redefiniciones seguirá adelante con una fuerza de destino histórico que ya nadie puede controlar a su favor.

En un país como el nuestro, con tantas limitaciones acumuladas en el curso de la dificultosa evolución, el que se nos estén abriendo perspectivas como la antes señalada es realmente inspirador y motivador. Siempre se ha dicho que los salvadoreños somos trabajadores por naturaleza; y hoy habría que agregar: y también somos emprendedores por vocación natural. Emprendedores no sólo de progreso económico sino también, y muy decisivamente, de progreso existencial. Y ahí se inserta el tema de la migración para construir futuro cuanto antes.

Buena parte de los movimientos de exigencia y de reclamo ciudadanos que proliferan en esta hora evolutiva son producto del apremio de las voluntades individualizadas que configuran un entramado social de dimensiones crecientes. Hay que entender entonces, de una vez por todas, que la realidad va conectándose expansivamente con el tejido de las aspiraciones que tienen nombre y apellido. Ahí está la nota principal de nuestra era.

Los que gobiernan y los que aspiran a gobernar, así como los actores nacionales que más inciden en la suerte de los respectivos procesos, deben entender, sin más excusas ni tardanzas, que la dinámica histórica va por otros rumbos, distintos a los tradicionales. Sólo ese entendimiento compartido es capaz de garantizar paz y asegurar progreso.

A la luz de los acontecimientos presentes, las señales proliferan. Señales de cambio que apuntan a la manejabilidad, a la interacción, a la sensatez y a la prudencia, por difícil que sea implementar dichas prácticas. Esa es la ley de los tiempos.

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