El desarrollo progresivo de la conciencia ciudadana es evidentemente el instrumento superior para lograr un verdadero cambio en el país

Lo que los salvadoreños necesitamos es poner cada día los pies en la tierra de nuestra propia realidad, a fin de impulsar, a partir de ahí, los mecanismos de avance progresivo que sean congruentes con nuestra línea evolutiva.
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Es patente que el término “cambio” viene siendo instrumentalizado y abusado por los intereses ideológicos y políticos, muy especialmente en nuestro ámbito latinoamericano, donde desde los años 50 del pasado siglo prosperaron agresivamente las fórmulas de “izquierda revolucionaria”, a la luz de la convicción imperante en aquellos entonces en el sentido de que el marxismo-leninismo era la línea del futuro. Pero la vida y la historia tienen sus propios caminos, y en relación con ellos las ideologías son simples veredas aleatorias. A estas alturas, ya no es posible imaginar sensatamente que los posicionamientos ideológicos tengan el poder definidor que se les atribuyó en otros momentos del pasado. Y el caso de Cuba es, en las circunstancias actuales, la mejor prueba de ello, porque es claro que el régimen castrista, instalado hace más de 57 años, viene de regreso sin posibilidad de supervivencia.

Como está comprobado hasta la saciedad, lo único que verdaderamente funciona es la evolución creativa y responsable. Los presuntos saltos revolucionarios se desarman por sus propias artificiosidades, porque la historia es una cadena de causas y efectos, que así como no tolera el inmovilismo no admite la ruptura, por más argumentos que se les quieran adosar. En nuestro caso nacional, la inmovilidad política de tanto tiempo despertó, como era previsible, los impulsos subversivos, pero sin que estos por dicha causa ganaran posibilidades de sostenibilidad. Lo que quedó como posible y deseable fue la evolución democratizadora, que es la que, mal que bien, se va desplegando en el país.

En realidad, la dinámica evolutiva bien orientada y bien conducida no es cuestión de ideologías. El llamado “cambio” que tiene detrás todo un aparato de intereses sectoriales o partidarios no conduce a ningún lugar seguro. Por el contrario, lo que realmente hace cambiar es el reconocimiento de que la realidad nunca se mantiene estática y por consiguiente demanda voluntades dispuestas a seguir con creatividad y responsabilidad el curso de los hechos. En el país, estar hablando de “cambio” desde las finalidades del poder no sólo es desnaturalizar el término sino incorporar desconfianzas en una atmósfera ya suficientemente contaminada de sospechas, de recelos y de descalificaciones.

Lo que los salvadoreños necesitamos es poner cada día los pies en la tierra de nuestra propia realidad, a fin de impulsar, a partir de ahí, los mecanismos de avance progresivo que sean congruentes con nuestra línea evolutiva. Y es la conciencia ciudadana la que debe hacer valer como cosa propia las sanas iniciativas transformadoras, no artificiales sino naturales. El populismo, en cualquiera de sus formas o expresiones, no es instrumento de la evolución, porque no mejora estructuralmente las condiciones de vida y al final de cuentas acaba atascado en la insostenibilidad, como vemos en todos los países donde se ha practicado.

Tenemos que reconocer, sin sesgos ideologizantes de ninguna índole, que la evolución es un compromiso continuo en el tiempo. No se mueve sola: requiere criterios impulsores y voluntades dispuestas. Si lo entendemos así se podrán evitar, de cara al futuro, situaciones como las que estamos padeciendo en la actualidad, precisamente por no haber sabido leer en su momento los mensajes de la dinámica histórica.

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