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El desarrollo territorial está prácticamente estancado y ese es un grave freno para el país

Aunque institucionalmente se hace mención del desarrollo territorial y hay hasta un Ministerio designado para llevar adelante dicho objetivo, muy poca innovación constructiva se da en los hechos, y los resultados en el terreno siguen siendo básicamente insuficientes.
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El Salvador ha venido padeciendo desde siempre los efectos obstructivos de un centralismo llevado al extremo, lo cual constituye una de las causas más limitantes del desarrollo nacional en el verdadero sentido de dicho término. Como hemos señalado con reiteración, impulsar el desarrollo del país implica desplegar iniciativas y acciones en distintos campos, como los que corresponden al desarrollo económico, el desarrollo social, el desarrollo humano, el desarrollo local y el desarrollo territorial. En este último campo, que es determinante para que puedan animarse dinámicas que integren a la sociedad entera, independientemente de las zonas y de los lugares específicos en que la población esté ubicada. No ha habido hasta la fecha una política definida y consistente al respecto, y el país continúa desconectado y sin rutas de avance.

Aunque institucionalmente se hace mención del desarrollo territorial y hay hasta un Ministerio designado para llevar adelante dicho objetivo, muy poca innovación constructiva se da en los hechos, y los resultados en el terreno siguen siendo básicamente insuficientes. Lo que falta en la base es un proyecto nacional que contemple todas las exigencias del desarrollo, sin dejar de lado ninguna de sus manifestaciones concretas. En lo que al desarrollo territorial corresponde, habría que retomar una línea realista y propositiva, como la que en su momento tuvo a su cargo la extinta Comisión Nacional de Desarrollo, organismo dependiente de la Presidencia de la República y que funcionó entre 1997 y 2009.

Uno de los grandes planes de entonces se concretó en el desarrollo de la Zona Oriental del país, con el Puerto de La Unión como foco irradiador principal. Así tomó forma el proyecto de transformar dicho Puerto en un punto de avanzada para el comercio mundial por la zona. La renovación portuaria contó con el aporte y con el acompañamiento de Japón, para poder asegurar la viabilidad de los resultados. La Unión revivida, único puerto de tercera generación en el Pacífico centroamericano, tenía como destino conectar por vía terrestre con Puerto Cortés, único puerto de tercera generación en el Atlántico centroamericano. No se concebía como un puerto local, y ni siquiera regional, sino como un enlace de nivel internacional, que requería un operador de ese mismo nivel.

Había interesados en asumir la concesión, y ésta pasó legalmente al conocimiento y aprobación de la Asamblea Legislativa. Y ahí, de pronto, todo se esfumó. Hubo, sin duda, manejos obscuros del Gobierno de la época, allá por 2008, que cortaron el avance del proyecto. Y, desde aquel momento, el Puerto de La Unión es un fantasma atrapado en sí mismo. Casi 10 años después, el panorama ya no puede ser el de entonces: las expectativas de alto nivel para el desarrollo de la Zona Oriental y consecuentemente del país se han difuminado, y habría que retomarlas desde sus puntos de origen. Perdimos la delantera y también la brújula. Hoy se están planteando, porque no queda de otra, reformas legislativas para ver si alguien se anima a operar el Puerto para sacarlo de su marasmo, ya con propósitos muy limitados.

La experiencia de todo este caso debería ser aleccionadora en grado sumo para replantearnos en serio la planificación y la activación del desarrollo territorial, que ya no se puede seguir postergando. Las consecuencias por no hacerlo son abrumadoras.

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