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El desarrollo territorial y el local son determinantes para que el país entre en verdadera ruta de progreso

Y en la medida que el tiempo pasa se hace más dramáticamente evidente que si no hay desarrollo territorial ni desarrollo local, no saldremos de los atolladeros que tanto limitan a la población y al país.
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Como se hace patente en el diario devenir de nuestro proceso nacional, en el país viene faltando desde siempre un esfuerzo que clarifique nuestras auténticas posibilidades de desarrollo en todos los órdenes y aspectos de la realidad; y al no existir dicho ejercicio destinado a poner las cosas en claro al respecto, lo que ha ocurrido es que hemos vivido, y en gran medida seguimos viviendo, sin enfoques precisos, sin formulaciones concretas y sin metas identificables. Cuesta entender por qué, a estas alturas, ni siquiera contemos con una apuesta productiva que oriente la actividad nacional teniendo en cuenta nuestras fortalezas y nuestras limitaciones, a fin de que se pueda programar el progreso no como un propósito genérico sino como un objetivo identificable. No es de extrañar, entonces, que nos hayamos movido siempre a salto de mata, con los desajustes y los desperdicios que vienen en consecuencia.

Hay que subrayar, con pelos y señales, este descuido persistente en torno a lo que es el desarrollo como experiencia multidimensional. Nuestro país es geográficamente reducido, pero eso no significa que seamos uniformes de una manera simplista, como pareciera ser la falsa premisa de los que han manejado las líneas estratégicas nacionales a lo largo del tiempo. Uno de los factores más distorsionantes que padecemos tradicionalmente los salvadoreños es el centralismo constrictor que prevalece en el ambiente: unos pocos puntos donde todo se concentra, y una gran cantidad de unidades periféricas donde la vida es marginal en prácticamente todos los sentidos. Dentro de ese esquema deformado casi se vuelve imposible que penetren en forma constructiva las energías del desarrollo. Y eso es lo que habría que reconformar estructuralmente para que se posibilite un progreso progresivo.

En lo referente a las diversas expresiones prácticas del desarrollo, ya se han dado algunas iniciativas reveladoras que desafortunadamente no han tenido el seguimiento esperado. Se puede mencionar el caso de la Comisión Nacional de Desarrollo, que estuvo en funciones durante 12 años, de 1997 a 2009. De ahí surgieron iniciativas que se concretaron en hechos perfectamente identificables, como el plan de desarrollo de la Zona Norte, que se plasmó en el FOMILENIO I, el plan de desarrollo de la Zona Oriental, que tuvo como foco el Puerto de La Unión con sus respectivos entornos, en conexión con Puerto Cortés en el Atlántico hondureño, que sería una nueva ruta para el comercio mundial; y el diseño del desarrollo logístico y agroindustrial en la zona de Comalapa. Todo eso se dejó ahí, en el aire, como tantas otras iniciativas semejantes.

Y en la medida que el tiempo pasa se hace más dramáticamente evidente que si no hay desarrollo territorial ni desarrollo local, no saldremos de los atolladeros que tanto limitan a la población y al país. Nada de esto se puede seguir quedando pendiente, porque los efectos resultan depredadores en espiral, como ya está más que probado. Y hoy que las ofertas electorales son cascada cotidiana, sería muy del caso pedirles imperiosamente a los que compiten por la Presidencia de la República que expresen lo que harían en forma concreta e integral en este punto.

Tendría que haber un diseño estratégico de todas las dimensiones del desarrollo, para, a partir de ahí, estructurar las planificaciones pertinentes y construir los proyectos específicos. Esta es, sin duda, una de las más grandes tareas por cumplir.

Tags:

  • desarrollo
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  • centralismo
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