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El descontrol global de la política es un fenómeno al que hay que aplicarle los análisis pertinentes para poder enfrentarlo en cada caso

Las herramientas del análisis tienen que conjugarse con los mecanismos de la reparación, para evitar que el desconcierto y la frustración se conviertan en protagonistas del momento histórico.

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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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La realidad internacional del presente se caracteriza, entre muchas otras expresiones notorias, por un hecho múltiple que nunca antes se había presentado con la dinámica expansiva que hoy se multiplica sin respetar fronteras: el descontrol imperante en las estructuras políticas del más alto nivel y el correspondiente reclamo ciudadano por la forma en que el quehacer político viene funcionando de manera sistemática. Es global y viral el sentimiento de rechazo ante la conducta política generalizada; y tal sentimiento, que no ha recibido hasta la fecha los enfoques analíticos que son del caso, simplemente se quiere hacer valer sin medir las consecuencias que acarrea su implementación mecánica, como estamos viendo en las latitudes y en las sociedades más variadas. No es casual, entonces, que lo que tengamos ahora mismo sea un flujo y reflujo de reacciones que tienen a la humanidad en ascuas.

Basta citar algunos ejemplos actualísimos para graficar el panorama: la turbulencia sin precedentes en los más elevados niveles de la política estadounidense, con epicentro en la Casa Blanca, cuando están a las puertas unas elecciones congresionales que pueden determinar un cambio en el equilibrio de poderes; el atentado sangriento contra el candidato ultraderechista a la Presidencia de Brasil, que puede contribuir a que él sea el ganador en los comicios de octubre; la imposibilidad de constituir un Gobierno normal en España por la falta de entendimientos partidarios, que en vez de aliviarse se profundiza; el auge del nacionalismo extremista en Suecia, como lo demuestran las elecciones recién pasadas; la guerra comercial entre Estados Unidos y China, que tiene componentes políticos de fondo, y que puede generar muchos trastornos en diferentes latitudes; el encendido reclamo popular contra el régimen dictatorial en Nicaragua, lo cual ha puesto al descubierto la ficticia estabilidad que parecía imperar; la virulenta maniobra contra la CICIG que esgrime sin tapujos el estrafalario régimen que gobierna Guatemala, para tratar de salvaguardarse de ser perseguido por corrupción... Y podríamos seguir, porque los ejemplos abundan.

Todos estos aconteceres, a los que se les podría muy bien aplicar aquello de "algo huele a podrido en Dinamarca", son hoy indicadores de que los procederes malsanos, acumulados en el tiempo, están haciendo crisis, lo cual tiene también su fase positiva, porque los pueblos se hallan cada vez menos dispuestos a dejarse amedrentar por el poder, como ha sido lo común prácticamente en todas partes. Por desgracia, las reacciones tienden con frecuencia a poner en práctica aquello de que "el remedio puede resultar peor que la enfermedad", al menos en lo inmediato.

Casi a diario, y al asomarnos al despliegue de los acontecimientos políticos mundiales, regionales y nacionales, que la tecnología pone a disposición de todos a cada instante, dan ganas de aplicarle al mundo actual el título de aquella famosa película dirigida por Stanley Kramer en 1963, es decir hace la friolera de 55 años: "El mundo está loco, loco, loco". Y es que de seguro el mundo ha estado loco siempre, pero hoy esa locura –y lo decimos con ánimo esperanzador– tiene una característica muy propia: así como es un vivero de excentricidades con frecuencia malévolas, es también un despertador de conciencias, sobre todo en los distintos ámbitos ciudadanos.

Todas estas combustiones tan diversas y tan generalizadas van a traer –y es casi seguro que así será– una era en que los conflictos y los desatinos globales entren en un orden saneador y reconstructor. Esto no se dará de la noche a la mañana, pero todos los signos apuntan a que el proceso ya se está iniciando. Las herramientas del análisis tienen que conjugarse con los mecanismos de la reparación, para evitar que el desconcierto y la frustración se conviertan en protagonistas del momento histórico. Todos los actores actuales, sea cual fuere nuestra edad, tenemos que hacernos cargo de la responsabilidad de apuntalar el cambio constructivo. Desde los "baby boomers" hasta los "millennials", todos estamos ahora en el mismo barco, y la bitácora apunta hacia un horizonte de renovaciones insoslayables. Emprendámoslas.

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