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El desempleo en el futuro

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Rubén I. Zamora

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Nuestra sociedad, históricamente, ha tendido a apoyar su economía en una o dos fuentes productivas; primero fue el añil, sustituido por el café y el algodón, luego en los cincuenta pasamos a la industria y a fines del siglo pasado con zonas francas y hoy a las remesas que no son otra cosa sino el parte producto del trabajo de nuestros trabajadores en el exterior que envían a nuestro país, no ya como inversión productiva sino convertido en el subsidio más alto que se pueda contemplar, dejando muy atrás a la política social estatal.

Las zonas francas han sido una importante fuente de empleo, de tal manera que cerca de la mitad de nuestros y nuestras trabajadores (el 43 % de la producción industrial) se encuentra ubicada en ese espacio, y, según la política seguida en los últimos años, se pretende duplicarlo en la próxima década.

Por otra parte los gobiernos anteriores de ARENA y el FMLN propugnaron por un desarrollo económico asentado en la atracción de inversión extranjera ofreciendo la ventaja de una fuerza de trabajo, laboriosa y barata, y las más importantes empresas en las zonas francas se dedican al área de textiles que ocupa mano de obra masiva. Hasta donde podemos ver, el nuevo gobierno también aspira a caminar por la misma ruta de crecimiento económico.

Nuestra economía ha sido y es dependiente de un factor externo, ya sea de tipo comercial o de empleo; sin embargo, el análisis de los esfuerzos que El Salvador debe enfrentar poco se fijan en lo que está pasando en las relaciones económicas mundiales, todo pareciera indicar que vivimos resignados simplemente a sufrir sus consecuencias y en consecuencia, planificamos nuestro futuro desarrollo dándole poca consideración a los impactos que los cambios de la economía global van a tener en nuestro país.

Es una verdad comúnmente aceptada que estamos frente a nueva revolución de la economía, que después de la primera revolución industrial iniciada allá por 1760, hoy, la robótica, la nanotecnología, las ingenierías genética y la neurotecnológica, para citar una de las principales, nos ponen frente a un cambio de la sociedad de una dimensión que nunca antes ha enfrentado la humanidad: la cuarta revolución industrial que ya empezó. Frente a esta realidad tendemos a enunciarla y proclamar que debemos cambiar y tratar de seguirle el paso al cambio... y nos vamos a descansar, a lo más que llegamos es a proponer educar a unos cuantos "emprendedores", o a masificar el uso de las computadoras lo cual es el equivalente a pretender ganar la carrera de los 400 metros compitiendo con profesionales y nosotros saltando con un solo pie.

Creo que un enfoque más realista del problema debe tener otro punto de partida y es el de analizar, en concreto, las consecuencias que esta revolución va a producir en nuestro medio, empezando por nuestra riqueza más grande y preciada, la fuerza de trabajo. Superando los placebos que solemos utilizar de proclamar la "laboriosidad de los trabajadores salvadoreños" como solución y asumiendo el destino de nuestra fuerza de trabajo en los próximos 20 años.

Los estudios más serios sobre este tema son unánimes en señalar que si bien esta revolución creará miles de nuevos empleos, también se calcula que devastará el campo del trabajo. El Foro Económico Mundial predice que no menos de 7.1 millones de empleos están desapareciendo en este quinquenio, lo que determinará una caída neta de empleos de 5.1 millones en 2020, dado que se crearán 2 millones de nuevos empleos. McKinseyman calcula que cerca del 50 % de las actuales actividades laborales es susceptible de automatización y que 6 de cada 10 ocupaciones tienen ya en el presente más del 30 % de actividades que pueden ser automatizadas.

Como si lo anterior fuera poco, si añadimos el hecho que la automatización en las empresas va de abajo hacia arriba, ataca primero a los puestos de trabajo menos especializados y posteriormente a los que exigen mayor complejidad de ejecución, esto significa que estamos en la primera línea de desaparición de empleos ya que la gran mayoría de nuestros puestos de trabajo tienen bajo nivel de complejidad y que en centros claves para generar empleo como son las zonas francas tenderán a reducirse, pues el ofrecimiento de mano de obra barata ya no tendrá sentido; la robotización de la manufactura de ropa es una creciente realidad y eso pone en peligro inmediato a miles de trabajadores y especialmente trabajadoras que hoy trabajan para el mayor empleador de las empresas de zona franca.

Es indispensable y urgente que en nuestro país tanto el Ministerio de Trabajo como el de Economía emprendan la tarea de medir tanto la dimensión como el ritmo del desempleo en nuestra industria manufacturera; carecemos de la información, pero los métodos para lograrla existen y están a la mano, por ejemplo el de Frey y Soborne que ya ha sido utilizado en otros países y, a partir de esos datos, iniciar una seria política de enfrentarlos que comprenda medidas contra el desempleo, la recualificación de grandes capas de población laboral, la provisión de rentas a las personas incapaces de adaptarse al trabajo tecnológico y finalmente una reconsideración sustancial del actual modelo de Seguridad Social.

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  • economía
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