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El desencanto democrático

En los últimos años, los informes de Naciones Unidas sobre la democracia en América Latina señalan que la pobreza y la desigualdad son los problemas centrales que obstaculizan el pleno desarrollo democrático del subcontinente.
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Profesor-investigador de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas

Profesor-investigador de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas

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Esto ha repercutido en una crisis de la política que se expresa, principalmente, en el divorcio entre los problemas que los ciudadanos reclaman resolver y la capacidad de la política para enfrentarlos. La política tiende a perder contenido por la disminución de soberanía del Estado, atribuible, entre otros factores, a la limitada capacidad de los Estados para actuar con autonomía y a la creciente complejidad de las sociedades latinoamericanas, que los sistemas tradicionales de representación ya no pueden procesar.

La mayoría de los partidos políticos de la región están más orientados hacia el clientelismo, la corrupción política y la búsqueda de ventajas particulares que a la atención de las demandas de los grupos sociales más vulnerables de la población. Estos fenómenos políticos son congruentes con el tipo de democracia formal, procedimental, que se ha ido estableciendo en las últimas décadas. Es un tipo de democracia ritual, débil e incompleta, carente de discusión, deliberación y decisión igualitaria sobre valores como la igualdad real de los individuos, la justicia social y redistributiva, la solidaridad intergeneracional e intergrupal, el respeto por las diferencias e identidades y por la dignidad de todos los seres humanos que integran el cuerpo social.

Esto ha repercutido en lo que se ha dado en llamar el “desencanto democrático” en América Latina. Los informes más recientes de Latinobarómetro dan cuenta de que en América Latina apenas poco más de la mitad de los ciudadanos consultados se muestra partidario del régimen democrático. En el caso de El Salvador únicamente 35 % de los entrevistados en 2017 manifestó que la democracia era preferible a cualquier otro de los sistemas de gobierno. En cuanto a la satisfacción con la forma en que funciona la democracia, El Salvador también es de los países más bajos. En la escala de desarrollo democrático, donde 1 es no democrático y 10, totalmente democrático, El Salvador evaluó con 4.4, por debajo de México, con 4.7, y por encima de Brasil, con 2.2 puntos.

Según las encuestas, una posible explicación a estos resultados es que la mayoría de los salvadoreños considera que se gobierna para beneficio de unos cuantos grupos poderosos y no para el bien de todo el pueblo. Esto revela el aumento de un síndrome por el que las élites políticas y económicas no logran ofrecer soluciones satisfactorias a los graves problemas que padece la mayoría de la población. Un síndrome que no es exclusivo de El Salvador, sino de la mayoría de los países latinoamericanos. Es una insatisfacción con el funcionamiento de la democracia que está amenazando en convertirse en un descontento con la democracia como tal.

Esta insatisfacción con la democracia se agudiza porque los principales problemas de El Salvador y de América Latina siguen sin ser resueltos, como la dependencia de las exportaciones de materias primas, la baja productividad y los altos niveles de desigualdad, que se ven agravados por la disparidad educativa, que frena el desarrollo. A todo esto, hay que añadir el aumento de la violencia en la región. Los países latinoamericanos se encuentran entre los 25 con mayor tasa de homicidios del mundo, entre ellos El Salvador, con una de las tasas más altas.

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