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El dilema de la seguridad o la democracia

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Claudia Ortiz - Abogada y consultora en políticas públicas

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El domingo pasado, cuando el presidente daba su discurso incendiario a una multitud, afirmándoles que tomarse la Asamblea Legislativa acuerpados por la fuerza militar y policial era un ejercicio legítimo del derecho a la insurrección, pensé: “Ya está, todo se fue al traste, en los años por venir El Salvador vivirá en dictadura”. Recordé a países latinoamericanos que viven bajo regímenes autoritarios y cómo con el pasar del tiempo la violencia y la desigualdad se hacen más graves. Me imaginé un futuro desesperanzador.

Minutos después el presidente regresaba del Salón Azul para pedir paciencia a sus seguidores molestos porque esa tarde no habría toma violenta del congreso. Recordé entonces que una inmensa mayoría de salvadoreños simplemente no se plantearía el futuro en términos de “los años por venir” porque sus familias no tienen qué comer hoy o están en peligro de muerte permanentemente. Para estos salvadoreños hay mucho valor en resultados inmediatos que, aunque pueden ser pequeños, atienden sus necesidades más apremiantes, ganando un poquito más de tiempo, un poquito más de futuro. A ellos el presidente y sus seguidores les llaman “el pueblo”. 

El argumento esgrimido estos últimos días es que por el bien de ese pueblo hay que disolver la Asamblea Legislativa porque esta bloquea la posibilidad de garantizar seguridad al país mediante el Plan Control Territorial, para nombrar –quien sabe cómo– a nuevos diputados que apoyen con un problema tan urgente. Ello justificaría romper el orden constitucional del país y darle todo el poder al presidente. Para quienes se sienten representados por este discurso, defender la democracia y la separación de poderes es superficial, por decir lo menos, perverso, por decir un poco más; especialmente ahora que consideran al fin alguien está haciendo algo por solucionar el problema de seguridad.

Visto así, podría pensarse que ante nosotros se presenta un complicado y doloroso dilema: seguridad o democracia, resultados inmediatos para #ElPueblo o institucionalidad para #LosMismosdeSiempre. Pero no es así, ese discurso es una falacia que manipula el dolor y la desesperación de la gente. 
La democracia, en términos simples, es como darle dinero a alguien para que vaya a comprarnos algo que necesitamos con vital importancia. Es un proceso de dos pasos: dar el dinero y luego que esa persona regrese entregándonos lo que le pedimos y nos traiga el vuelto. En El Salvador solamente hemos logrado condiciones para lo primero: entregar el poder mediante elecciones libres y competitivas, el pluralismo político, las libertades civiles y la existencia de normas que rigen a las autoridades. No hemos tenido éxito en lo segundo: la rendición de cuentas. Ello equivale a que las autoridades estén sometidas a dichas leyes sin distinción, contrapesos efectivos y que haya certeza de castigo para los que abusan del poder. No es que la democracia no funcione, es que se ha quedado a medio camino. 

Hasta ahora, la democracia en El Salvador no se ha traducido en resultados para la vida de la gente porque el poder nunca ha estado sujeto a controles efectivos que eviten abusos y privilegios indebidos, y, consecuentemente, la democracia no ha logrado atender las demandas sociales. A falta de contrapesos los problemas profundos del país se han dejado estar y descomponer, sin abordarlos de fondo. Por ejemplo, cuando las pandillas se volvieron organizaciones más sofisticadas y fueron capaces de establecer relaciones con el narcotráfico, los políticos, funcionarios del Ejecutivo y hasta con los cuerpos de seguridad estatales. La corrupción ha permitido que el poder haga cualquier cosa por seguir siendo intocable.

Los gobiernos de turno siempre habían tenido control de la Asamblea y de las demás instituciones, hasta hoy. Por ello disolver la Asamblea no significaría superar las deficiencias de nuestra democracia, sino precisamente regresar al estado “normal” de las cosas. ¿Por qué hacerlo precisamente ahora que la oposición es mayoría y que la lucha contra la corrupción oprime los pecados de los partidos políticos que nos han gobernado?

No permitamos que nos obliguen a elegir entre seguridad y democracia porque ese dilema es falso. Ambas son deseables y la una necesita de la otra. La democracia no es sólo la manera en que se llega al poder, es también la manera en que ese poder legítimo se ejerce y los resultados que su ejercicio genera. 

La seguridad urge de resultados, al mismo tiempo, la democracia importa como privilegio que ningún pueblo puede darse el lujo de perder. Por ello defender las instituciones de control y la separación de poderes, no significa defender la corrupción de los políticos, sino justamente lo contrario.

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