El discurso se lo come todo, incluso el ánimo de la ciudadanía

La mala muerte de la Cicies es un buen ejemplo. En el término de dos años, el proyecto de una Comisión Internacional contra la Corrupción en El Salvador pasó de discurso estrella de Bukele y leit motiv del candidato a vicepresidente a tema incómodo para el gobierno. Aunque en su sketch más reciente, Bukele justificó el rompimiento con esa idea con la brutal literalidad de que era una tapadera para la impunidad de una persona, la decisión se le ha vuelto un búmeran. Su única esperanza es que para cuando el público conozca y acceda a los hallazgos de corrupción de la malograda Misión, los ciudadanos ya no recuerden qué significan esas siglas.

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Lo insólito del desmontaje institucional que el país está sufriendo es que el oficialismo ha procedido con esa tarea en plena luz del día, sin ocultarlo a la sociedad civil ni a la comunidad internacional sino incluso enorgulleciéndose de ello.

Actúa de ese modo porque puede y porque debe. Acerca de si puede, sobran las explicaciones: la acumulación de poder ha sido tan eficiente y meteórica, con la legitimación electoral como punta del ariete, que tras el manoseo del órgano judicial el futuro del Estado de derecho ha quedado a expensas de la creatividad y los pocos escrúpulos del gobierno.

Mientras tanto, el deber en cuanto fuerza motriz de la demolición democrática no es una afirmación en clave teleológica sino discursiva; sí, porque la administración se ha quedado con poco o casi ningún margen por obra y gracia de la misma narrativa oficial, no porque se haya fijado un propósito o tenga una hoja de ruta en tal sentido. Que en la práctica vaya intuyendo un puerto y el discurso se vaya devorando las sucesivas coyunturas es otra cosa.

La mala muerte de la Cicies es un buen ejemplo. En el término de dos años, el proyecto de una Comisión Internacional contra la Corrupción en El Salvador pasó de discurso estrella de Bukele y leit motiv del candidato a vicepresidente a tema incómodo para el gobierno. Aunque en su sketch más reciente, Bukele justificó el rompimiento con esa idea con la brutal literalidad de que era una tapadera para la impunidad de una persona, la decisión se le ha vuelto un búmeran. Su única esperanza es que para cuando el público conozca y acceda a los hallazgos de corrupción de la malograda Misión, los ciudadanos ya no recuerden qué significan esas siglas.

Es lo mismo que ocurrió con las decisiones legislativas del 1 de mayo, y otro tanto le pasa con frecuencia a sus funcionarios, en especial a los que tienen más exposición mediática como puede atestiguarlo el ministro de Seguridad, que no terminó ayer el día sin querer desdecirse de unas desafortunadas declaraciones contra el periodismo.

Mientras la narrativa puede convertir la crisis en combustible para la crispación, la validación oficial o el ataque político, el gobierno y sus voceros no desdeñan ninguna discusión, con el apetito por la descalificación siempre despierto. Pero cuando ya no hay lado que buscarle a la problemática, léase la tregua con los pandilleros, el retiro de las inversiones de la Agencia de los Estados Unidos de América para el Desarrollo, las acusaciones contra Carolina Recinos, los indicios de corrupción de Francisco Alabí o el alcance de los crímenes en Chalchuapa, el gobierno hace disciplinado mutis.

El silencio o la filípica, en medio nada. Pareciera que este gobierno sólo sabe callar o gritar, y lo mismo aplica a su diseño de políticas públicas, que o es pomposo o no es nada. Y por esos manierismos es que la temible incapacidad de tender puentes para gobernar con equilibrio que se preveía hace dos años terminó volviéndose realidad.

La renuencia y la renuncia a alcanzar entendimientos, a debatir los problemas, a recrear escenarios de solidaridad y cooperación, de coincidencia en la diversidad, es el principal desgaste que la democracia salvadoreña sufre hoy.

Con el ánimo cada vez más cansado ante una cúpula que no entiende los utensilios institucionales sino como armas, ¿qué le espera a la nación y qué le espera a la República?

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