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Florent Zemmouche - Colaborador de  LA PRENSA GRÁFICA

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¿Qué ganó Bukele con su espectáculo en la Asamblea el 9 de febrero? Nada. ¿Qué perdió? Quizá poco, según él. Bastante la verdad. Como ya se ha dicho; no lo ha entendido o no lo reconocerá. Y las dos hipótesis no son excluyentes. Pero el hecho es notable: es el primer gran error que comete Bukele en su presidencia. El primero, y es enorme.

Y de cierto modo, extraño. Pues para un maestro de la comunicación, es decir de las apariencias, que bien sabe lo que tiene que mostrar y lo que no, lo que decir, y lo que no, salirse del huacal de esa manera, como diríamos, es sorprendente. Dicho esto, éramos varios, pocos, en haber criticado ya a Bukele, en haber visto la potencialidad de un peligro, lo que ya es un peligro en sí. Se habla ahora del "fenómeno Bukele", una buena expresión y el título de una de mis columnas de hace unos meses. Varios también se han jactado mediante esta terrible frase: "Ya lo sabía, yo lo había dicho". Es lo que Sartre llama el "interés ideológico"; después de escribir un texto ensayístico en el sentido amplio de la palabra, querer que la realidad venga confirmar lo escrito. Satisfacción vanidosa. Y quizá sea lo que estoy haciendo ahora. Hubiera preferido equivocarme. Prefiero el bien de mi país que tener razón. Pero el culpable es Bukele.

Las preguntas iniciales son más bien: ¿qué podía ganar Bukele tomándose la Asamblea con una ya clara e importante popularidad? Nada. Al contrario, en caso semejante, no podía mejorar su situación, y pecó de gula, fue la voltereta de más, el regate innecesario que aniquila toda la jugada. No debía jugar, y jugó. Solo podía perder, y perdió mucho. El problema es que Bukele se cree más inteligente que todo el mundo. Y no lo es. Lo que hizo lo demuestra. Se traicionó. Pues su decisión estaba exenta de racionalidad. O mejor dicho, el cálculo era arremeterse contra una parte de la clase política, poco popular, con razón sin duda: los diputados, que en su gran mayoría no hacen honor a la profesión ejercida. Es a primera vista un cálculo simple. Pero era superfluo y se convirtió en una gran locura. Principalmente por dos razones. La primera es que arremeterse contra significó aquí militarizar la Asamblea Legislativa, hecho inédito en nuestra historia reciente. Los que aplaudieron, apoyaron o ignoraron es por fanatismo o, precisamente, por ignorancia. O los dos. Ignorancia de la historia sangrienta de nuestro país. La segunda ofrece una paradoja. La estrategia de Bukele consistía en acabar de cierto modo definitivamente con una oposición, ya débil, torpe e inexistente, por lo cual no era necesario forzar el destino. Impaciente, lo hizo. Al menos, lo intentó. Y lo único que obtuvo fue, paradójicamente, abrirle, ahora sí, un espacio a la oposición. Le dio vida a lo que precisamente quería destruir; le creó una legitimidad a lo que no lo tenía mucho.

Antes del 9F (pues sí, hay un antes y un después), creo que no tenía mucho sentido oponerse frontalmente y en honduras a Bukele, políticamente. Ahora sí. Gracias a Bukele. O gracias a Nayib y a expensas de Bukele. Doctor Jekyll y señor Hyde. El agua y el fuego. El bombero pirómano. Entonces ahora hay una ventana, talvez una autopista: se debe construir un verdadero contrapoder, una oposición fuerte, consistente e inteligente, le guste o no a Bukele, porque eso es una democracia, y si no lo ha entendido, se ha equivocado de país. O de época. Bienvenido a un Estado de derecho, señor presidente.

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  • Bukele
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