El fanatismo intolerante

El cambio tiene una cerradura que solo se abre por dentro.
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Eso significa de que desde el exterior nadie puede hacerle cambiar sus creencias e ideas a otro ser humano. Es la experiencia personal, las vivencias, el adquirir nuevos conocimientos lo que nos hace crecer y cambiar.

Causa tristeza leer en redes sociales cómo muchas personas insultan y agreden a todo el que piense diferente, utilizando para ello improperios y haciendo gala de intolerancia con palabras vulgares y soeces y recurriendo a la violencia en defensa de su ideología.

¿Qué se logra con eso? ¿Se tiene la idea absurda de que con despotricar insultos se conseguirá que la otra persona cambie su forma de pensar?

Aseguro que eso no sucederá. Ya sea que estemos equivocados o que nos asista la razón, todos tenemos el derecho inalienable de pensar y creer como mejor nos parezca, al menos en los países libres.

En lo personal no se me ocurre la idea de dejar de sentir aprecio y estima por un amigo cuya ideología yo no comparto.

El fanatismo en todas sus formas es una tragedia personal y colectiva y me recuerda la frase de Ortega y Gasset en su libro “La rebelión de las masas”.

“Ser de izquierda es, como ser de derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”.

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