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El fanatismo siempre daña

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Roberto Montoya Argüello, Colaborador de  LA PRENSA GRÁFICA

Roberto Montoya Argüello, Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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El fanatismo nace de la necesidad de poseer la verdad y así dominar las mentes. Esa “verdad” que cada uno manifiesta al resto pretendiendo que sea aceptada –implicando que antes estaban equivocados– y por tanto, que todos los demás deben pensar como nosotros en cualquier campo del que se trate.

Como forma del pensamiento humano, no tendría lado positivo o negativo, simplemente se produciría sin consecuencias sociales o personales. El problema surge cuando se pretende obligar, por la fuerza física o por medio de sutiles formas de presión social, familiar, moral, religiosa, laboral, económica o política. Esta última es la más frecuente expresión de dominio con una constante presión de quien se impone hacia quien la recibe. La presión se tiene que ejercer en una forma constante con la afirmación de que se está en posesión de “la verdad” y que todo lo que se opone a ella es y debe ser estigmatizado como malo, negativo o inapropiado en los mencionados campos de la convivencia social.

Quien cree poseer “la verdad” se vuelve intolerante, exige que la humanidad entera piense y sienta como él (que puede ser ella) y con cada ciclo de imposición se auto convence cada vez más de que posee la verdad absoluta. Esta persona, independientemente de si logra sojuzgar, dominar o alienar a un grupo pequeño o grande, sin duda es un fanático de sus ideas y permanece obnubilado y cegado a lo que se le opone y buscará destruirlo. Esta es la situación verdaderamente peligrosa, pues por su mismo ego será incapaz de retroceder en sus posturas y reconocer que estaba errado en lo que con tanto tesón y durante algún tiempo pregonó como “la verdad”. En esta situación caen las personalidades que guían comunidades religiosas, políticas, de investigaciones síquicas o esotéricas. Tanto para ellos como para sus seguidores, defender su error –cuando lo han reconocido en su fuero interno– queda bloqueado por el egoísmo y el pánico al ridículo público.

En esta situación se encuentran quienes creen poseer la clave al seguir tendencias político-económicas que han demostrado hasta la saciedad que solo han llevado a los pueblos sufrimiento, hambre y dolor, pero que por haberlas expresado y gritado desde la juventud como que son la salvación de la humanidad, su ego no les permite decir simplemente “estaba equivocado y siento la necesidad de cambiar para continuar la búsqueda de la verdad”. Los pueblos cándidamente se dejan convencer por planteamientos populistas vacíos de contenido pero que ofrecen un paraíso terrenal.

Tanto el fanatismo religioso como el político han llevado a la humanidad a enfrascarse en cruentas guerras que lejos de resolver las cosas las empeoran. Nuestro país y la región centroamericana en estos tiempos se ven envueltos en conatos de caudillismos y mesianismos de todas las tendencias políticas y religiosas. Razonemos, no seamos fanáticos de ninguna idea o posición. Busquemos la Verdad que ella nos hará libres.

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